Las “culturas vivas”, un potencial atractivo para el turismo sostenible

La gestión comunitaria y las “culturas vivas” se ubican como las principales potencialidades de Bolivia para desarrollar turismo sostenible. Su objetivo es reducir el impacto ambiental, revalorizar el aspecto cultural y generar ingresos para la población.

“A diferencia de otros países, la cuestión de la gestión comunitaria Bolivia la tiene muy bien trabajada y se tiene muchos proyectos que apoyan este ámbito”, apuntó el experto en turismo sostenible y áreas naturales y protegidas de la Agencia Italiana para la Cooperación al Desarrollo, Giuseppe Nerilli. “Los temas culturales estaban muy bien avanzados más o menos en un 50 por ciento, pero la cuestión de implementar un sistema de gestión, la sostenibilidad y el aspecto ambiental son más difíciles de cumplir y aún no han sido superados”, comentó.

En Cochabamba, los ejemplos de emprendimientos de turismo sostenible aún son escasos. Los especialistas explican que la gestión de productos y servicios dentro de la oferta turística son deficientes y deben ser mejorados.

Un ejemplo: “Tasibe Watili”, es un emprendimiento comunitario entre los municipios de Ivirgarzama y Chimoré. Dos comunidades yuracarés se aliaron para ofrecer a los turistas la vivencia y cercanía con su cultura. Desde que llega, el visitante recibe alimentos producidos por la misma zona, conoce la biodiversidad de la región y disfruta de noches culturales. Otro ejemplo es el “Valle de las Rocas”, también el trópico, donde los servicios turísticos están a cargo de la comunidad. Lamentablemente, en ambos, la asistencia es mínima y el factor de impacto ambiental está descuidado.

La facultad de Arquitectura y Ciencias del Hábitat trabaja en la formación del primer observatorio de desarrollo sostenible del país. “La red de observatorio establece 40 áreas de monitoreo y, de éstas, nueve no deben faltar, a partir de eso hemos definido 30 y sus indicadores”, detalló Erick Terán, director de Interacción y Convenio de la Facultad de Arquitectura y Ciencias del Hábitat de la universidad.

El director de Turismo y Culturas de la Gobernación, Uvaldo Romero, manifestó que se trabaja en el “plan departamental de turismo”, que estará concluido para mediados de este año. “Lo que se pretende hacer es identificar circuitos turísticos integrados en varios municipios, por el ejemplo, en el trópico hacer todo un corredor turístico que una los parques y atractivos”, expresó.

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La cooperativa maya que puso el ejemplo al convertirse en carbono neutral

A poco más de una hora de distancia de la cosmopolita Playa del Carmen y a 20 minutos de la eco chic Tulum, el turismo de sol y playa que caracteriza a Quintana Roo encuentra su balance no menos atractivo; nos referimos al turismo comunitario desarrollado dentro y fuera de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, sitio Patrimonio de la Humanidad.

Conocer la diversidad biológica, así como el legado cultural y arqueológico de esta zona se convierte en un privilegio en compañía de quienes han sido responsables de su conservación desde tiempos ancestrales: los habitantes de la zona maya.

Hace 13 años, un grupo de emprendedores de origen maya crearon Community Tours Sian Ka’an, una empresa de turismo comunitario convertida en caso de éxito del turismo sustentable, más allá de los distintivos, certificaciones y reconocimientos obtenidos.

Community Tours Sian Ka’an es el ejemplo de aquel proverbio chino que dice, “regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás por el resto de su vida”. Así fue el proceso de crecimiento, inicialmente con capacitación, a través de un proceso de acompañamiento por parte de organismos nacionales e internacionales y luego con innovación y compromiso, lo que permitieron a la empresa tomar las riendas con un fuerte impacto social y económico en las comunidades cercanas. A la fecha cerca de 100 familias se benefician directamente e indirectamente de la operación de la empresa.

Resultado de su visión a futuro, Community Tours Sian Ka’an implementa en su operación buenas prácticas como la separación de residuos y el apoyo a artesanos locales, al igual que acciones más complejas y de mayor inversión como el cambio de los motores de sus embarcaciones por motores más eficientes.

Este 2017, Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, sentaron un precedente al convertirse en la primera empresa comunitaria de México en medir su huella de carbono y compensar sus emisiones de CO2 con la compra de bonos de carbono forestal, a través del programa Scolel’Te, único en el país avalados por estándares internacionales.

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Los Rapa Nui asumen la gestión turística de la isla de Pascua

La comunidad indígena polinesia Rapa Nui se ha hecho cargo de la administración turística del Parque Nacional de la isla de Pascua. Hasta hace poco, este territorio había sido gestionado por el Ministerio de Agricultura de Chile a través de la la entidad gubernamental CONAF (Corporación Nacional Forestal). Desde el año 1995, el Parque Nacional Rapa Nui está declarado Patrimonio de la Humanidad.
El traspaso de poderes tuvo lugar el pasado 30 de noviembre. A partir de ese momento, la comunidad Rapa Nui, compuesta por 4.000 integrantes de dicha etnia, se ha convertido en el administrador único del Parque Nacional, donde se encuentran los míticos moái.

«Hemos demostrado no sólo a nivel nacional, sino también a nivel internacional, que las comunidades indígenas organizadas son capaces de administrar lo propio y trabajar en el cuidado y protección de sus sitios sagrados, sin necesidad de tener un intermediario del Estado para cumplir con algo tan significativo para los Rapa Nui, como cuidar su tierra y el legado de sus ancestros», según explican los integrantes de esta comunidad.

La comunidad Rapa Nui también ha querido que el Parque Nacional sea más accesible para personas con movilidad reducida. En este sentido, se han habilitado senderos especiales para el recorrido en sillas de ruedas. «A esto se suma la existencia de dos sillas anfibias que permiten que los turistas puedan disfrutar de las cálidas aguas de la playa Anakena sin importar su condición física”, explica el gestor turístico del parque, Gonzalo Muñoz Icka.

En la actualidad, uno de los principales retos es diversificar la oferta turística para conseguir que los viajeros pernocten más noches en la isla (ahora la media es de tres días), para de este modo redistribuir con más eficacia los ingresos generados por el turismo.

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En el Golfo de Fonseca (Honduras) la unión es la fuerza y el turismo, la esperanza.

Históricamente el sur de Honduras ha sido una región que ha tenido que enfrentar varios conflictos, tanto limítrofes (con El Salvador y Nicaragua) como internos. A pesar de todos los obstáculos que el poder político-económico ha puesto en su camino, algunas comunidades se están organizando desde hace un tiempo para mejorar su calidad de vida e incluso proteger especies marinas y manglares. Así nació la Unión Regional de Pescadores Artesanales del Golfo de Fonseca, donde apuestan al turismo como alternativa económica.

Las malas temporadas de pesca y la ausencia de asistencia social moldearon la necesidad, de algunas de las comunidades más empobrecidas del país, de organizarse para buscar alternativas económicas para su subsistencia. En el 2010 se creó la Unión Regional de Pescadores Artesanales del Golfo de Fonseca, compuesta por 12 organizaciones de base de 7 comunidades distintas pero de la misma región.

Una de ellas es la Asociación de Protección de la Tortuga Golfina, que trabaja permanentemente en conjunto con la Asociación Mar del Pacífico, ambas ubicadas en la comunidad El Venado. Para estas organizaciones, que desde los 80’ se dedican al cuidado de una de las sietes especies de tortuga marina, su apuesta al turismo nació tanto para cubrir gastos de protección como para generar empleo a las familias de la comunidad.

En El Venado se ofrece al turista la experiencia del desove, recolección de huevos y liberación de la tortuga. Esta actividad se vende desde septiembre a noviembre y no tiene mayor objetivo que proteger los huevos de los depredadores. También la misma organización ofrece desde el año 2009 alojamiento, comidas y paseos por los manglares.

Muelle de Comunidad El Venado. Crédito: Rubén Salinas

Otra Asociación  que forma parte del Corredor Turístico de la Unión es la llamada Perla del Pacífico, ubicada en la comunidad El Cedeño. Ofrece paseos en lancha, tanto a bosques de manglares como a islas cercanas, administra un estacionamiento y está construyendo un alojamiento en la playa. Está compuesta por 13 familias que se cansaron de sufrir las malas temporadas de la pesca, y si bien no han abandonado su oficio, desde el año 2015 tienen otra alternativa.

En la comunidad El Ojochal, 15 mujeres formaron en 1990 la Asociación Luz y Esperanza para sacar adelante la economía de sus familias y vivir mejor. Tienen una tienda de consumo, caja rural y una panadería. En este momento tienen proyectada la construcción de una cafetería, para que el turista antes de ir a la playa o a la liberación de tortugas (actividades más convocantes) pasen por su comunidad. También participan en la reforestación del manglar y han puesto en marcha una biblioteca popular, dejando claro su compromiso con el resto de la comunidad.

Compromiso que muy esporádicamente asume el Estado. Pero en El Venado, Ojochal y Cedeño saben muy bien que son sus propias manos las que deben proteger y liberar su futuro de aquellos depredadores foráneos. Creen en su trabajo y confían en el turismo. Saben que están lejos de las luces del país, esas que brillan en la Isla de Roatán y las Ruinas de Copán.

Pero su llama está encendida. Crece de manera autónoma y colectiva, porque como las mujeres de Ojochal aseguran, “organizadas es como se avanza”. Y mientras el sistema turístico internacional dominante niega y olvida el sur de Honduras, estas – y otras – organizaciones de base trabajan día y noche para hacerles recordar que el Golfo de Fonseca también existe y tiene mucho para iluminar.

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Piña Palmera: la accesibilidad aplicada desde el enfoque social y de derechos humanos

Piña Palmera es una asociación civil y un proyecto comunitario ubicado en Zipolite, costa de Oaxaca (México). Hace 33 años nació como una casa-hogar donde se abandonaban a personas de las comunidades rurales que tenían algún tipo de discapacidad. Con el paso del tiempo, la organización cambió la manera de trabajar, haciendo un giro del enfoque caritativo al enfoque social y de derechos humanos.

En la actualidad, Piña Palmera promueve la vida independiente de las personas con discapacidad. Para ello han creado talleres productivos, que son propuestas para generar una fuente de ingresos para las personas con diversidad funcional, pero también para sus familias. Los productos creados en estos talleres son en su mayoría vendidos en la tienda de artesanías que tienen a disposición de los visitantes de Zipolite.
No obstante, en su tienda no solo venden aquello elaborado en el recinto, sino también están a la venta artesanías que llegan de otras comunidades rurales. A través de los años, en Piña han creado un sistema para identificar cuáles son las comunidades vecinas con mayor riesgo de exclusión, y apoyan su desarrollo socio-económico a través del turismo y la comercialización colaborativa.

“En Piña Palmera trabajamos con personas con discapacidad de comunidades rurales e indígenas” explica Patricia Matías, empleada en Piña Palmera. A lo que añade, “en los talleres se utilizan elementos y recursos locales, como por ejemplo el taller de aceite de coco prensado en frío, champús y jabones de coco y canela, artesanías de madera y de palma… fueron los propios artesanos locales los que nos vinieron a capacitar”.

A raíz de los talleres productivos, durante los últimos 3 años llevan diseñando una rama paralela enfocada en el turismo a la que han llamado “talleres con conciencia”. Aquí el objetivo es la integración social del visitante con los artesanos del centro, quienes les enseñan cómo llevan a cabo su trabajo a través de un proceso de inmersión en el cual el visitante es “puesto” una discapacidad para elaborar la artesanía.
En Piña Palmera entienden el proceso de inclusión comunitaria desde una estrategia que han denominado rehabilitación pactada en la comunidad. Patricia nos explica cómo trabajando con recursos locales y con adecuaciones de otras tecnologías más avanzadas, pueden adaptar nuevas estrategias a su propia realidad y climatología.

Pero la relación de Piña con el sector turístico no termina aquí, según Patricia, “también trabajamos con hoteles, para capacitarles en todos los aspectos relacionados con la accesibilidad. Desde cosas tan básicas, pero que poco se piensan, como la elaboración de menús en braille o la atención correcta por parte de los empleados, hasta cursos y programas específicos para todos los departamentos del hotel.”

En una era donde el turismo accesible es cada vez más entendido como una necesidad y un derecho mundial, el ejemplo de Piña Palmera nos recuerda cómo el proceso puede ser simple si nos enfocamos en adecuar la cadena de valor del turismo a la realidad local. Crear redes entre las diferentes empresas que conforman la actividad turística de un destino para fomentar la conciencia social, adaptando a las necesidades y ampliando la oferta de productos locales, con una historia detrás suena algo lógico, pero desgraciadamente no tan común como nos gustaría.

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