La pandemia es una oportunidad para construir una economía que preserve la salud del planeta

La directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Inger Andersen, reflexiona en el siguiente artículo sobre cómo la pandemia de coronavirus COVID-19 ha de verse como una oportunidad para construir una “economía diferente, una en la que las finanzas y las acciones impulsen empleos sostenibles, el crecimiento verde y una forma distinta de vida”.

“La pandemia del coronavirus, que ya ha causado devastación y dificultades inimaginables, ha detenido casi por completo nuestro estilo de vida. El brote tendrá consecuencias económicas y sociales profundas y duraderas en todos los rincones del planeta. Ante esta turbulencia, como lo ha indicado el Secretario General de las Naciones Unidas, el COVID-19 requerirá una respuesta nunca vista: un plan de “tiempos de guerra” para enfrentar una crisis humana.

Y a medida que pasemos de esta respuesta de “tiempos de guerra” a la etapa de “reconstruir mejor”, debemos tener en cuenta las señales ambientales y lo que significan para nuestro futuro y bienestar, porque el COVID-19 no representa en absoluto algo prometedor para el medio ambiente.

Los impactos positivos visibles, ya sea la mejora de la calidad del aire o la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, son sólo temporales, porque se derivan de una aguda desaceleración económica y un trágico sufrimiento humano. La pandemia también provocará un aumento en la generación de desechos médicos y peligrosos.

Este no es un modelo de respuesta ambiental y mucho menos el modelo de un ambientalista.  De hecho, sobre la reducción de emisiones, el Instituto Scripps de Oceanografía ha destacado que el uso de combustibles fósiles tendría que disminuir aproximadamente 10% en todo el mundo, y mantenerse así durante un año, para que la reducción pudiera reflejarse claramente en los niveles de dióxido de carbono.

Este artículo es un resumen de la noticia original publicada por Naciones Unidas: La pandemia de coronavirus es una oportunidad para construir una economía que preserve la salud del planeta”.

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Un año doblemente difícil para Australia

Actualmente, todos los países están luchando contra el COVID-19 pero, aunque es devastador para todos, algunos países llevan más cargas a su espalda, haciendo del virus una suma más a sus problemas. Este es el caso de Australia: en el año 2019 el país experimentó una de las peores temporadas de incendios registradas y ahora se enfrenta a la crisis mundial del COVID-19.

Los incendios del verano de 2019 destrozaron regiones enteras del país. El fuego arrasó muchos paisajes y lugares muy apreciados por los turistas, como la Isla de Kangaroo al sur de Adelaida o las Blue Mountains en las cercanías de Sydney. Esto provocó que los turistas cancelaran sus viajes, ya fuera por temor a los incendios, debido a la calidad del aire o por seguridad. Por tanto, se puede decir que Australia tendrá que afrontar dobles consecuencias: las generadas por los incendios y las del virus. Las empresas turísticas se están viendo afectadas ante la caída de su mayor mercado turístico, China.

Las propias autoridades de Turismo de Australia anunciaron que el turismo cayó un 20% desde septiembre del año pasado y que el país perdió más de US$ 3 mil millones durante la temporada de verano. Como respuesta, el primer ministro, Scott Morrison, aumentó los fondos para atenuar la situación y anunció la disposición de US$ 1.400 millones para la extinción de los incendios y pagos a voluntarios, aunque aún quedaría mucho para solventar las pérdidas en turismo. Del mismo modo, Tourism Research Australia (TRA), como organismo administrador de las Subvenciones de Recuperación de Incendios de Turismo Regional, también formó parte del proceso de recuperación turística con AUS$76 millones del Gobierno de Australia. Igualmente, el Instituto Australiano para la Resiliencia ante Desastres (AIDR por sus siglas en inglés) sigue desarrollando planes de resiliencia y continúa poniendo a disposición del público sus conocimientos en la materia para apoyar la entereza de Australia ante los desastres.

Asimismo, Tourism Research Australia (TRA), principal organismo de investigación y economía del turismo del gobierno australiano ubicada en Austrade, se encarga de atraer inversores y de proporcionar análisis turísticos necesarios para el desarrollo de la política turística del gobierno, incluida la inmigración, el transporte, el empleo y el entorno empresarial. Este organismo, junto con Tourism Australia, quien trabaja con la industria turística y los gobiernos de todo el país, tendrán la misión de maximizar la contribución del turismo a la economía australiana. Ambos organismos están ya desarrollando la próxima estrategia nacional de turismo a largo plazo con el nombre temporal de Estrategia Turismo 2030.

También cabe mencionar la sexta conferencia anual de Destination Australia, celebrada el 12 de marzo de 2020 en Adelaide Oval, que reunió a profesionales de la industria del turismo para abordar esta situación a través de planes de resiliencia y recuperación, como el Ministro de Turismo de Australia, Simon Birmingham, que habló sobre cómo el gobierno australiano está apoyando la recuperación y qué medidas quiere implementar para seguir un plan resiliente que aborde a la industria turística en el futuro.

Por otro lado, los operadores turísticos de Australia pierden millones de dólares a causa del COVID-19 debido, sobre todo, a la caída del mercado turístico chino. La industria ya se tambaleaba por la crisis de los incendios forestales cuando el brote del virus complicó más la situación en la época del año en la que los turistas chinos viajan a Australia e incrementan la economía regional alrededor de unos $25 millones al mes a causa del Año Nuevo Lunar Chino. La especialización de gran parte del sector turístico de Australia en su fuente de turismo más potente, China, y Asia en general, representa una dependencia significativa de este mercado, señalando que los lugares más visitados por los viajeros chinos y, a su vez, más afectados por el virus son Nueva Gales del Sur, Victoria y Queensland.

En definitiva, el proceso de recuperación será un gran desafío para los australianos y su sector turístico. Las consecuencias pueden durar años y Australia tiene que estar preparada para ello. Su economía es significativamente dependiente del turismo, siendo éste un potencial clave para el país.

No cabe duda de que el gobierno australiano tomará las medidas necesarias para amortiguar el impacto económico porque, ahora más que nunca, debido a su localización en el mundo lejos de todos, Australia necesitará potenciar sus canales de distribución de productos turísticos a través de los canales gubernamentales como Australia.com. Además, hay que tener en cuenta que la marca “Australia” es poderosa, lo que supone una ventaja siempre y cuando se mantenga así a pesar de las diferentes crisis.

Es hora de que el gobierno, la industria turística, las empresas, los empleados y los visitantes aporten su granito de arena para enfrentar esta situación tan adversa y complicada de una manera progresiva y exitosa.

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Ecoturismo de proximidad: 5 oportunidades pasada la pandemia

Son días de confinamiento, de sufrimiento, de reflexión. Como tantos otros sectores económicos, el turismo se encuentra en estado de shock. Seguramente por eso necesita, más que nunca, entender hacia dónde va el mundo y empezar a adaptar la actividad turística a la nueva realidad —y sociedad— que emergerá tras la pandemia. Esta necesidad del sector se está abordando en múltiples webinars y artículos en los que expertos en turismo intentan predecir (con todas las precauciones posibles por la gran incertidumbre del momento) cuál podría ser el futuro del turismo a medio y largo plazo (porque a corto plazo ya se asume un 2020 perdido).

Entre estos webinars destaco los siguientes: la conferencia (en catalán) “El turismo después del turismo” (a partir del min. 58:00), del siempre magistral José Antonio Donaire, en el marco de un debate sobre alojamiento turístico organizado por la Mesa de Turismo de Girona, los webinars organizados por Travindy, como “Propuestas para echar una mano desde un turismo responsable”, o el webinar de Reset the planet “Análisis crítico del modelo turístico actual: ¿cómo mejorar su resiliencia?”, con Josep Puigdengolas. Algunos artículos de interés son “Del “sobreturismo” al “infraturismo post covid-19”: reflexiones e ideas para hacer frente a la crisis”, de Julia Vera (Travelecoology), “Los días que vendrán”, de Chus Blázquez (Centro Español de Turismo Responsable) o “Viajar después del Coronavirus. Como cambiará el mundo y el turismo tras la pandemia“, de David Gómez (Cuaderno de viaje).

Después de escuchar y leer estos y otros webinars y artículos, con este post quiero aterrizar algunas de las ideas y reflexiones en el ámbito del ecoturismo. Porque, pasada la crisis sanitaria de la Covid-19, parece ser que el ecoturismo de proximidad, aquel que practicamos y practicaremos en los espacios naturales más cercanos, presenta buenas oportunidades. Aquí apunto cinco, aunque tal vez haya algunas más.

1. Grupos pequeños, destinos no masificados

Una de las características que definen el ecoturismo es que se debe practicar con grupos pequeños de personas. Esto evita impactos en el medio natural (como molestias a la fauna), garantiza una experiencia más satisfactoria y facilita una conexión más intensa con la naturaleza. Ahora, a estos beneficios, se añadirá otro: por el hecho de ser poca gente, el riesgo de contagio de enfermedades infecciosas será bajo (que no nulo, porque eso dependerá de la responsabilidad de cada uno a la hora de respetar el distanciamiento social).

Más allá de la experiencia individual, los destinos ecoturísticos —es decir, los espacios naturales protegidos— suelen aplicar medidas para evitar y gestionar la masificación en ciertas épocas y momentos del año (si bien es cierto que no siempre lo consiguen). Esta gestión del uso público y de los flujos de visitantes ganará más relevancia que nunca; por lo tanto, habrá que destinarle más recursos y mejorar su eficacia.

2. Entornos saludables, destinos cercanos

Chus Blázquez, del Centro Español de Turismo Responsable, apunta que “la tendencia que ya existía en el mercado turístico hacia la vuelta a lo cercano y lo saludable, la cual se ha acelerado con esta crisis, coloca a los destinos de proximidad, rurales y de interior en una posición privilegiada”. El profesor Donaire cree que cualquier estrategia de comunicación turística (tanto de empresas como de destinos) deberá ser capaz de transmitir y garantizar dos mensajes: que la experiencia turística se desarrollará en condiciones de seguridad y que lo hará en espacios saludables.

El ecoturismo de proximidad, aquel que se practica en espacios naturales cercanos, puede cumplir con estas demandas que vendrán. La seguridad, por el hecho de practicarse en grupos pequeños (ya hemos hablado de ello); la proximidad, porque de espacios naturales atractivos nuestro país está lleno, y la salud, porque qué mejor que el contacto con la naturaleza para fortalecer nuestra mente y nuestro cuerpo.

3. Espacios bien conservados para prevenir pandemias

En este artículo Raúl Rejón explica que “la destrucción de hábitats por las actividades humanas, que está causando una extinción masiva de especies, está detrás del origen y la expansión de enfermedades infecciosas que afectan a personas, algunas en forma de pandemia como la actual COVID-19″. Y en este otro artículo (en catalán) de Xavier Duran se dice que “la deforestación facilita el contacto de animales que llevan patógenos con las comunidades humanas”, y que la pérdida de especies y de individuos implica que los virus “tienen menos diversidad de animales para infectar”.

Leyendo estos dos artículos en positivo, se deduce que la conservación de hábitats y especies son estrategias clave para ayudar a frenar la expansión de enfermedades infecciosas. Si ya eran conocidas un montón de razones para tomarse en serio la conservación de la naturaleza y la biodiversidad, ahora se añade otra tan o más importante. Por lo tanto, hay que favorecer políticas, estrategias y actividades que contribuyan a la conservación del medio natural; el ecoturismo es una de ellas, ya que, sin naturaleza bien conservada, adiós ecoturismo.

4. Las cosas, mejor hechas que nunca

“Me gustaría pensar que entramos en la era de la ética”, decía el profesor Donaire en su charla, apuntando el clamor social que parece que llegará después de la pandemia para exigir que las cosas se hagan bien. El Centro Español de Turismo Responsable lo expresa en términos similares: “Estamos ante un cambio de paradigma de la industria turística mundial ante este momento de incertidumbre, hacia un mayor papel de los valores y del propósito en las empresas turísticas”. Y no solo las empresas, sino que los propios visitantes responderán a un perfil “más comprometido, más consciente y con valores cada vez más alineados con la sostenibilidad”.

El ecoturismo, por definición, es y debe ser un turismo responsable y sostenible. Por ello, todas las definiciones académicas insisten en una serie de principios que debe aplicar cualquier producto que quiera otorgarse la etiqueta de ecoturismo. Si estos valores de sostenibilidad y responsabilidad serán más demandados pasada la pandemia (esperemos que así sea), las empresas y los productos de ecoturismo se encontrarán en la pole position (y deberán recalcarlo y comunicarlo eficazmente).

5. Respeto por la naturaleza y más conexión presencial entre personas

La última oportunidad es la más profunda y sería una derivada (o tal vez el origen) de la anterior. Esta crisis ha evidenciado que las sociedades más acomodadas, y los países más ricos, viven (vivimos) al margen de la naturaleza y de los límites que impone el planeta que nos acoge. Asimismo, ha puesto de relieve que, a pesar del auge de las tecnologías de la comunicación y de las redes sociales, las relaciones interpersonales presenciales y de calidad seguirán siendo más necesarias que nunca.

Si algo promueve el ecoturismo y, en general, el turismo responsable y sostenible es el respeto por el medio natural y un acercamiento real a las personas que viven allí donde tiene lugar la actividad turística. Las relaciones humanas, ya sea entre los propios turistas como con los anfitriones, tomará más relevancia, y cualquier producto (eco)turístico las deberá enfatizar y cuidar.

Conclusión y un deseo

A pesar del desastre humano, social y económico que dejará la pandemia del coronavirus, también se abren oportunidades en muchos ámbitos que habrá que aprovechar. A menudo son cambios que ya se intuían pero que ahora se acelerarán. El ecoturismo de proximidad es uno de estos ámbitos que puede salir beneficiado, tanto a corto como a medio y largo plazo.

Me gustaría pensar, pues, que el ecoturismo, el turismo de proximidad y el turismo responsable se priorizarán, a partir de ahora, en las estrategias de promoción turística y de desarrollo local. Asimismo, reclamo una gestión y una regulación de las actividades ecoturísticas que disponga de recursos y conocimiento y que sirva para garantizar que estas nuevas necesidades sociales serán satisfechas adecuadamente.

Este artículo ha sido originariamente publicado en catalán en el Blog “Per terra, mar i aire” y reproducido en Travindy con permiso del autor, Xavier Basora: Ecoturisme de proximitat: 5 oportunitats passada la pandèmia.

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COVID-19, el alto precio de atentar contra la naturaleza

Más un tercio de la población del planeta se encuentra en este momento confinada en sus hogares, es decir, casi 2 mil 500 millones de seres humanos de más de 200 nacionalidades y diferentes idiomas están refugiados en sus propias casas para evitar que un nuevo virus llamado SARS-CoV-2 entre a su organismo y les ocasione la enfermedad llamada COVID-19; y mientras transcurren los días de cuarentena, millones de personas tratan de entender qué es este virus, qué fue lo que lo originó, y cómo cambiará a futuro su relación con los animales y el medio ambiente en general.

Érase una vez en China

A mediados de diciembre de 2019, se reportaron una serie de casos de neumonía atípica en la ciudad de Wuhan, en la Provincia de Hubei en China. A mediados de enero, el gobierno chino, a través del Chinese Center for Disease Control and Prevention (CDC) pudo identificar exitosamente al agente de la enfermedad como un nuevo coronavirus, el coronavirus 2019-nCoV, denominándose posteriormente como SARS-CoV-2 por parte del Comité Internacional para la Taxonomía de los Virus (ICTV por sus siglas en inglés).

Los números de casos crecieron dramáticamente, por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la situación como emergencia de salud pública de importancia internacional el 30 de enero de este año. Fue el 11 de febrero cuando la OMS denomina a la enfermedad como COVID-19 (acrónimo del nombre en inglés Coronavirus Disease 2019). Finalmente, el pasado 11 de marzo la OMS la declaró como “pandemia mundial”, con presencia en más de 200 países e innumerables contagiados y fallecidos por esta enfermedad.

Las autoridades chinas, con el apoyo de la comunidad científica, han considerado su origen como una “enfermedad zoonótica”, es decir una enfermedad que se transmitió de un animal a un ser humano. Sin embargo, esta transmisión no necesariamente es por el simple consumo de una especie en particular, la causa fundamental se encuentra en todo el “proceso de comercialización”, desde el traslado de su hábitat natural al punto de comercialización: transportación (terrestre, aérea, fluvial o marítima); el arribo a los puntos de venta en centros urbanos (mercados de animales); las condiciones de confinamiento, generalmente en lugares insalubres (jaulas pequeñas); la convivencia de diferentes especies de vida silvestre con diferentes animales domésticos; entre otros. Todos estos factores hacen que las especies silvestres se estresen y baje su sistema inmunológico, condición para que los virus y los coronavirus se transmitan a otras especies. Asimismo, y esto es muy importante subrayarlo:

Hoy en día, no se ha determinado aún, en forma contundente por parte de la comunidad científica la especie portadora del virus, así como la especie transmisora al hombre. La razón es sencilla, todavía no aparece el “paciente cero” del COVID-19.

A pesar de esta situación, la mayoría de los medios de comunicación con base en “información científica”, han declarado culpable de esta pandemia a los murciélagos como especie portadora del virus, y a los pangolines como especie que lo transmitió al ser humano, sin contar todavía con alguna base científica comprobable, ya que son simplemente hipótesis y teorías con base en brotes virales anteriores (SARS y MERS).

¿Qué es un nuevo virus?

En primer lugar, debemos diferenciar entre lo que es un coronavirus de lo que es la enfermedad, ya que ambos conceptos se prestan a confusión y han generado mucha desinformación y pánico en la población.

De acuerdo con la OMS, “los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SARS). El coronavirus que se ha descubierto más recientemente causa la enfermedad por coronavirus COVID-19”.

Actualmente existen 39 especies de coronavirus (incluyendo este último descubrimiento que ocasiona el COVID-19). Se subdividen en cuatro géneros, destacando los del género Betacoronavirus, cuyos ancestros tienen más de 3 mil años en la tierra y son los que han originado las enfermedades más infecciosas a los seres humanos en los últimos años: el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS-CoV de 2003); el Síndrome Respiratorio de Medio Oriente (MERS-CoV de 2012); y ahora el Síndrome Respiratorio Agudo Severo de 2019 (SARS-CoV-2 de 2019).

“El coronavirus quizá sea una primera señal indiscutible de que el daño ambiental causado por los humanos puede poner en riesgo a la humanidad en un lapso asombrosamente breve”

Profesor Andrew Cunningham, Sociedad Zoológica de Londres

Por otro lado, la OMS define a la enfermedad COVID-19 de la siguiente manera: es la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente (SARS-CoV-2). Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.

Es importante señalar que nos encontramos frente a un nuevo virus, por lo que la determinación de su origen y su transmisión se encuentra actualmente en investigación, así como la elaboración de su vacuna. La vía de transmisión predominante del COVID-19 es de humano a humano, y como señala la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), “hasta el momento, no se dispone de evidencia científica suficiente para identificar el origen o explicar la vía de transmisión original de una fuente animal al humano”.

SARS y MERS fueron la antesala

Antes del surgimiento de este nuevo “coronavirus” en China, se presentaron dos pandemias que anunciaban lo complejo y peligroso de estos nuevos virus: la epidemia del SARS en 2003 y la del MERS en 2012.

SARS fue la primera pandemia del nuevo milenio. Contagió a cerca de 8 mil personas y causó la muerte de 800 (10%). Apareció a finales de 2002 en la provincia china de Guangdong y el virus fue bautizado como SARS-CoV. El “paciente cero” se infectó en un mercado de especies silvestres y domésticas (wet market) por el contacto con un mamífero salvaje (algunos criados en cautiverio para su consumo) denominado “civeta de las palmeras” (Paguma larvata) cuya área de distribución se encuentra en China, Japón y todo el Sudeste asiático.

Posteriormente, los científicos encontraron otro animal transmisor de este virus en los mismos “wet markets” y fue el denominado “perro mapache” (Nyctereutes procyonoides), un mamífero parecido al mapache, originario del oriente de China, la península de Corea y Japón. Estas dos especies fueron las “especies vehículo” del coronavirus, sin embargo, faltaba determinar la “especie reservorio”.

Después de un tiempo, los científicos determinaron que los “murciélagos herradura chinos” (Rhinolophus sinicus), tenían alrededor del 90% de identidad genómica con el virus SARS-CoV, por lo que se determinó que constituían el “reservorio natural” de este coronavirus. Estos murciélagos son originarios de China, India, Nepal y Vietnam.

MERS fue la segunda pandemia de este siglo provocada por un coronavirus y apareció en Arabia Saudita. Entre septiembre de 2012 y noviembre de 2013 se dieron 157 casos y murieron 66 personas (mortalidad del 42%). La mayor parte de los afectados fueron árabes saudíes. Hasta la fecha no se ha determinado el origen de esta enfermedad, sólo se ha señalado que es “probable” que la enfermedad sea una zoonosis de “alguna especie” (sin determinar la especie exactamente) de murciélago del género Pipistrellus que haya sido transmitida a un dromedario (Camelus dromedarius), especie domesticada muy común en la península arábiga.

2004: Proyecto “One World, One Health”

El 29 de septiembre de 2004 se lleva a cabo en la ciudad de Nueva York, un Simposio respecto a la salud humana, los animales domésticos y la vida silvestre; a raíz de la aparición de muchas enfermedades zoonóticas (Ébola, SARS, virus del Nilo, vacas locas, entre otras). Esta reunión fue convocada por la Wildlife Conservation Society (WCS) y contó con representantes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), además de centros internacionales de prevención y control de enfermedades infecciosas, científicos e investigadores de muchos países del mundo.

El resultado de esta reunión fue el documento denominado los “Doce principios de Manhattan: Un Mundo, Una Salud” en los que ha de fundamentarse “un método holístico para prevenir las enfermedades epidémicas y epizoóticas que respete la integridad de los ecosistemas, en beneficio de los seres humanos, los animales domésticos y la biodiversidad del mundo entero”.

El 14 de octubre de 2008, los tres órganos de Naciones Unidas (OMS, FAO y OIE) con el apoyo del Banco Mundial, publican el documento titulado “Contributing to One World, One Health:  A Strategic Framework for Reducing Risks of Infectious Diseases at the Animal–Human–Ecosystems Interface” (un marco estratégico de acción para reducir los riesgos de enfermedades infecciosas en la interfase animales-humanos-ecosistemas).

Un punto fundamental de este programa es que busca “prevenir daños a los ecosistemas como la deforestación y algunas prácticas agrícolas que fomentan la aparición de nuevos virus que generan nuevas enfermedades infecciosas humanas”. Sólo en los últimos 30 años han aparecido más de 30 nuevas enfermedades.

De acuerdo con la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), el 60% de las enfermedades infecciones conocidas son de origen animal (domésticos o de vida silvestre), al igual que el 75% de las enfermedades humanas emergentes.

La ciencia y el cine anunciaron la pandemia

En octubre de 2007, se publica en la revista científica “Clinical Microbiology Reviews” un artículo titulado “Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus as an Agent of Emerging and Reemerging Infection”, señalando el peligro de que una nueva pandemia podría surgir en el futuro por el consumo y tráfico de animales silvestres en el sur de China. Esta publicación fue elaborada por el Dr. Kwok Yung Yuen y sus colaboradores del Centro de Investigación de Infecciones e Inmunología de la Universidad de Hong Kong. Entre sus conclusiones señala algo que parecía premonitorio:

“La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en los murciélagos herradura chinos, aunado a la cultura de comer mamíferos exóticos en el sur de China es una bomba de tiempo. La posibilidad de la reaparición del SARS y otros virus nuevos de animales, por lo tanto, la necesidad de preparación no debe ignorarse”.

En septiembre de 2011 se estrena la película norteamericana “Contagio” (Contagion) dirigida por Steven Soderbergh. En la escena final, revela su opinión respecto al origen de estas enfermedades: la escena comienza con la destrucción del hábitat de una colonia de murciélagos que posteriormente huyen hacia plantaciones comerciales para alimentarse (una finca de plátanos) y se guarecen en una granja porcícola. Restos de su comida caen al piso y son comidos por la piara de cerdos que se encuentra en la granja. Al final, llega el chef de un restaurante de Hong Kong para escoger un lechón, mismo que será preparado en una cena de lujo, provocando el primer contagio con la protagonista de la película (Gwyneth Paltrow), siendo ésta la “paciente cero”.

La película es de ficción, pero está basada en dos historias reales de los años noventa del siglo pasado: el descubrimiento de los virus de Hendra (en Australia) y el virus de Nipah (en Bangladesh, India, Malasia y Singapur). Particularmente, la película tuvo el asesoramiento de científicos del Laboratorio Australiano de Sanidad Animal, uno de los mayores centros mundiales de bioconfinamiento que trabaja con patógenos animales.

Por otro lado, el periodista y divulgador científico David Quammen, escribe en 2012 el libro titulado “Spillover” (Derrame) que trata sobre infecciones de origen animal y una pandemia humana futura. El libro subraya la relación entre la destrucción del medio ambiente y el cambio climático con la aparición de pandemias infecciosas de origen animal (enfermedades zoonóticas). El pasado 25 de marzo, en una entrevista al periódico italiano “Il Manifesto”, Quammen responsabiliza al hombre de perturbar los ecosistemas donde viven diversas especies de animales con sus propias formas únicas de virus, y al perturbar estos ecosistemas, liberamos nuevos virus.

Respecto al papel de los murciélagos como “especie reservorio” de coronavirus, señala que la solución es dejarlos solos, “porque necesitamos a los murciélagos y nuestros ecosistemas necesitan murciélagos. Los murciélagos son fundamentales para la salud de nuestros ecosistemas tropicales. El problema más importante es la desinformación, la gente tiene más interés en las “conspiraciones” que en la ciencia. Lo urgente es evitar la destrucción de la diversidad biológica y la invasión de los ecosistemas.

Al borde del racismo y la xenofobia

La desinformación sobre este nuevo Coronavirus (SARS-CoV-2) y su enfermedad (COVID-19) ha generado terribles episodios provocados por el miedo y la ignorancia, destacando: acciones racistas y xenófobas contra comunidades asiáticas en todo el mundo; extrañas teorías de conspiración al considerar que fue creado en un laboratorio; ataques violentos y estigmatización de especies muy valiosas como los murciélagos; evidenciar el tráfico ilegal de especies y su comercialización para su consumo, como es el caso de los pangolines.

Cuando la OMS recibe el 12 de enero el genoma secuenciado por parte de las autoridades chinas se le nombró temporalmente como 2019-nCoV (en inglés 2019-novel Coronavirus). En las redes sociales comenzó a llamársele Wu Flu (Wuhan Flu) o gripe de Wuhan, por lo que el 30 de enero la OMS recomendó mantener el nombre de 2019-nCoV hasta obtener el nombre oficial por parte de la Clasificación Internacional de Enfermedades. Al comprobarse la información proporcionada por las autoridades chinas como un nuevo coronavirus, se le denominó a partir del 11 de febrero COVID-19 (acrónimo del inglés Coronavirus disease 2019), para no estigmatizar ningún grupo colectivo, lugar o especie animal.

Esto último es muy relevante, ya que con la aparición de este nuevo coronavirus ha despertado expresiones de odio y acciones intolerantes contra grupos de personas de origen asiático (no necesariamente chinos) en muchos países del mundo. Inclusive, el presidente de los EEUU, Donald Trump, ha insistido en llamarle “Chinese Flu” o algunos miembros de su gabinete como “Kung Flu”, denominaciones completamente racistas y xenófobas.

Un ejemplo histórico claro de esta desafortunada situación fue la llamada “Gripe Española” (Spanish Flu), una pandemia ocurrida entre 1918 y 1920 por un virus de Influenza A del subtipo H1N1, matando a cerca de 30 millones de personas. Muchos historiadores todavía discuten si su origen fue en un fuerte militar en Kansas, EEUU, siendo transportado por las tropas norteamericanas a Francia en la Primera Guerra Mundial; o si fueron soldados británicos que la adquirieron durante esta guerra en el este de la península de Anatolia (actualmente Turquía), parte del Imperio Otomano.

Las potencias beligerantes prohibieron a la prensa abordar el tema para no afectar la moral de las tropas, por lo que fue España, como país neutral en esa guerra, el único país que informó en su prensa sobre la pandemia, cargando históricamente con el estigma negativo de haber iniciado esta pandemia.

Historias de “conspiraciones”

Esta pandemia ha generado una serie de teorías infundadas que van desde la “conspiración” del gobierno chino de crear este virus en laboratorio para tomar el poder económico mundial, o en el otro sentido, que fue creada por las tropas norteamericanas para afectar los intereses económicos chinos (ambas teorías carecen de cualquier fundamento científico, ya que se ha demostrado la imposibilidad de haber creado un virus de este tipo en laboratorio).

Poco después del brote de la epidemia, científicos chinos secuenciaron el genoma del virus SARS-CoV-2 y pusieron los datos a disposición de todo el mundo. La OMS validó los datos proporcionados por los científicos chinos y convocó a un grupo de expertos para estudiar si su origen era natural o creado en laboratorio. El resultado es que el virus no se produjo en un laboratorio, tiene un origen natural.

El pasado 17 de marzo, se publica en la revista científica “Nature Medicine”, los resultados del trabajo de un grupo de científicos de diversas nacionalidades e instituciones académicas de primer nivel, quienes fueron coordinados por el especialista Kristian Andersen, del centro de investigación biomédica Scripps Research de Estados Unidos.

Así lo señala el Dr. Andersen: “al comparar los datos disponibles de la secuencia del genoma para las cepas conocidas de coronavirus, podemos determinar firmemente que el SARS-CoV-2 se originó a través de procesos naturales”. Así, los científicos concluyeron que el virus era resultado de la selección natural y no producto de la ingeniería genética.

Sin embargo, estos investigadores consideran a los murciélagos herradura como el reservorio “más probable” para el SARS-CoV-2, aunque no hay casos documentados de transmisión directa murciélago-persona, por lo que se sugiere un huésped intermedio, como los pangolines, que tienen un virus con una estructura viral muy similar a la del SARS-CoV-2.

Ataques y estigmatización de los murciélagos

Con la vorágine de información (y desinformación) sobre este coronavirus y su enfermedad que ha causado una pandemia sin precedentes en el mundo, una de las víctimas más visibles son los murciélagos. Se ha especulado que pudiera tener como reservorio original al murciélago herradura (Rhinolophus sinicus), por la similitud con el brote del SARS-CoV de 2003.

A mediados de marzo, en el norte del Perú, en Cajamarca, provincia de Santa Cruz, sus pobladores fueron a quemar a cientos de murciélagos ubicados en una cueva cercana a la localidad. Gracias a las gestiones de Jessica Gálvez-Durand, Directora de Gestión Sostenible de Fauna Silvestre del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) del Perú, se pudieron rescatar cerca de 200 murciélagos. Asimismo, la SERFOR comenzó una fuerte campaña en redes sociales para proteger a estas importantes especies.

Por otro lado, Rodrigo Medellín, miembro del Instituto de Ecología de la UNAM y, Presidente del Grupo de Especialistas en Murciélagos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), conocido como el “Batman mexicano”, ha mostrado su preocupación por este nuevo ataque (des) informativo contra los murciélagos. “Eso exacerbó los ánimos negativos contra los murciélagos. Y no hay nada más injusto que eso. Los murciélagos no tienen la culpa. Al contrario, cada día nos dan grandes beneficios que no les reconocemos”, declaró el pasado 31 de marzo al medio digital Mongabay Latam.

Existen en el mundo cerca de 1,400 especies de murciélagos desempeñan un papel fundamental para la salud de los ecosistemas: son polinizadores; dispersores de semillas; controladores de plagas de insectos; entre otras muchas funciones y servicios ambientales.

Los murciélagos tienen un sistema inmunológico muy resistente que le permite tolerar diferentes tipos de virus, como los coronavirus. El que sean “especies reservorios” de estos coronavirus, no implica que los transmitan a los seres humanos en condiciones normales.

El problema fundamental se refleja en dos actividades humanas: a) la pérdida del hábitat de estas especies por la deforestación para actividades agropecuarias y plantaciones comerciales; y b) comercio legal (o tráfico ilegal) de estas especies silvestres para su consumo o para el mercado de mascotas.

Tráfico ilegal de especies y el caso de los pangolines

El tráfico de especies, que incluye animales y plantas, es uno de los negocios ilícitos más dañinos y rentables del mundo. Naciones Unidas considera estima que el comercio ilegal mundial de vida silvestre asciende a unos 23 mil millones de dólares cada año, una cifra equiparable a la que mueve el tráfico de armas y de drogas.

El mamífero más traficado en el mundo es el pangolín. Más de un millón de pangolines han sido asesinados víctimas del tráfico de especies en los últimos 15 años. Sólo en la primera semana de febrero de este año se incautaron en la ciudad de Lagos, Nigeria, un contenedor con cerca de 10 toneladas de escamas de pangolines para exportar a Asia, esto representa aproximadamente, unos 20 mil animales muertos.

El pangolín es un pequeño mamífero que habita en África (4 especies) y en el sudeste asiático (4 especies), es el único mamífero cubierto totalmente por “escamas”, las cuales son muy apreciadas en los mercados asiáticos al estar considerados en la medicina tradicional china, además su carne se considera una exquisitez en esos lugares.

En 2016, la Convención CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), que tiene como finalidad “velar por que el comercio internacional de especímenes de animales y plantas silvestres no constituya una amenaza para su supervivencia” y cuenta con más de 180 países miembros, alcanzó un acuerdo para prohibir totalmente el comercio de pangolines, un gran paso para proteger a la especie de la extinción. Sin embargo, el tráfico ilegal de la especie continúa.

El pasado 26 de marzo se publicó un artículo científico titulado “Identifying SARS-CoV-2 related coronaviruses in Malayan pangolins” en la revista científica “Nature” considerando a los pangolines malayos (Manis javanica) como posibles especies huéspedes (animal transmisor) del coronavirus al descubrir la similitud de las secuencias de su genoma con las del virus.

Las muestras se tomaron de 18 pangolines malayos que fueron incautados por las autoridades chinas entre agosto de 2017 y enero de 2018 en Guangxi, la Región autónoma del sur de China que tiene frontera con Vietnam (una de las fronteras internacionales con mayor número de casos de tráfico de vida silvestre). Las muestras se examinaron a principios de marzo en el Centro de Tecnología de Aduanas de Guangzhou (Cantón), encontrando que estos coronavirus nuevos en los pangolines tenían una secuencia similar en una 85.5% a 92.4% con el SARS-CoV-2.

Acciones del Gobierno de China y Vietnam

A partir de la explosión de la enfermedad COVID-19, el gobierno chino prohibió a mediados de enero en forma temporal el comercio de vida silvestre y llevó a cabo redadas en mercados de vida silvestre (wet markets). Sin embargo, el panorama no es alentador, se han confiscado cerca de 40 mil animales silvestres y “limpiado” más de 350 mil sitios donde se comercian estos animales (mercados y restaurantes).

Finalmente, el 24 de febrero, el Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional de China adoptó una “Decisión para eliminar el consumo como alimento de animales silvestres con miras a proteger la vida y la salud de las personas”. Una medida histórica y sin precedentes.

Esta decisión del gobierno chino fue notificada oficialmente a la Convención CITES mediante la Notificación a las Partes número 2020/018 de 5 de marzo de 2020.

Posteriormente, el gobierno de Vietnam emitió un Decreto para que a partir del 1 de abril se prohíba el comercio local de vida silvestre, así como su consumo. De acuerdo con un reporte del gobierno chino, la industria de comercio de vida silvestre (legal e ilegal) está valuada en cerca de 74 mil millones de dólares y emplea a más de 14 millones de personas.

El investigador mexicano especialista en temas de vida silvestre, Gerardo Ceballos, ha señalado la urgencia de prohibir el tráfico y el comercio de animales silvestres en Asia para su consumo, como medicina tradicional o como mascotas. Ceballos es uno de los promotores del movimiento Stop Extintion y uno de los académicos a nivel mundial que afirma que nos encontramos frente a la Sexta Extinción Masiva de especies. Esta extinción, a diferencia de las otras cinco causadas por fenómenos naturales, ha sido causada por el ser humano y en un periodo muy corto (destrucción del hábitat, sobreexplotación de especies, contaminación y cambio climático).

Conclusiones para la acción

La vida silvestre no es la responsable de la pandemia . El responsable absoluto es una especie, una especie domesticadora (que no domesticada). Esta especie es el HOMO SAPIENS, ese primate de la familia de los homínidos que actualmente cuenta con una súper población de más de 7 mil 700 millones de personas y que por sus actividades “productivas”, a través de un modelo económico voraz de los recursos naturales del planeta, ha ocasionado que más de un millón de especies de plantas y animales se encuentren actualmente en peligro de extinción, conforme al último Informe del órgano intergubernamental asesor de Naciones Unidas en materia de biodiversidad y servicios ecosistémicos (IPBES7, 2019).

Los murciélagos no ocasionan pandemias ni atacan al ser humano. Los coronavirus se encuentran en diversas especies de vida silvestre desde hace milenios, y muchas de ellas, como es el caso de los murciélagos, han generado un sistema autoinmune a los efectos de estos virus. Los murciélagos no atacan al hombre ni provocan pandemias. Al contrario, los murciélagos generan grandes beneficios inmensos al ser humano: polinizadores de cultivos importantísimos; controladores de plagas de insectos; son especies fundamentales para la salud de los ecosistemas terrestres.

Es urgente cerrar los mercados de Vida Silvestre para consumo humano. Al destruir el hábitat de muchas especies que hospedan muchos patógenos en vida silvestre y trasladarlos a mercados donde se comercian vivos o muertos, en condiciones insalubres y de estrés, conviviendo con muchas otras especies de vida silvestre y domésticas en condiciones precarias, se crea una interfaz de alto riesgo para la aparición y transmisión de patógenos zoonóticos que pueden causar pandemias (SARS, MERS, COVID-19). La única excepción debe ser el consumo por subsistencia de pueblos originarios y algunas comunidades locales, siempre y cuando no pongan en riesgo a una especie amenazada o en peligro de extinción, así como un Protocolo para evaluar medidas sanitarias de transmisión zoonótica.

Combate internacional frontal y coordinado al comercio ilegal de Vida Silvestre. La aplicación efectiva de la normatividad ambiental debe hacerse en forma coordinada, transparente e informada. Desarrollar e implementar herramientas de trazabilidad, certificación y monitoreo del comercio legal e ilegal de vida silvestre. Finalmente, es muy importante que cambiemos en forma radical nuestro comportamiento y nuestras relaciones hacia la vida silvestre y los animales en general. No estamos hablando solamente un tema de conservación, estamos hablando de un tema de salud pública.

Ahora la prioridad inmediata es proteger a las personas de este virus y prevenir su contagio; sin embargo, la respuesta a mediano y largo plazo debe enfocarse a evitar la pérdida del hábitat y la biodiversidad. Como bien señala Inger Andersen, Directora Ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, “no hemos entendido que cuidar el planeta es cuidar nuestra permanencia en él”.

El daño al planeta también significa un daño a la humanidad.

Este artículo ha sido originariamente publicado en Sustentur y reproducido en Travindy con permiso del autor, José Luis Funes Izaguirre: COVID-19, el alto precio de atentar contra la naturaleza.

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Europa le apuesta a salir de la pandemia para emprender una economía amigable con el ambiente

La pandemia del coronavirus le ha dado un respiro al planeta. El cierre de industrias, el confinamiento en los hogares, la restricción del tráfico aéreo y terrestre, entre otras medidas, han permitido que los niveles de contaminación hayan reducido notoriamente en varias regiones del planeta. 

Sin embargo, el temor que existe entre los activistas ambientales es que la recuperación económica que, se supone, debe darse una vez se supere la pandemia, no solo borre el impacto positivo que se ha generado hasta ahora, sino que incremente la contaminación por el afán de los gobiernos por salir de la crisis. 

No obstante, ya comienza a brotar una luz de esperanza. Trece países europeos, entre los cuales se encuentran Alemania, Francia e Italia, que han sido duramente golpeados por la covid-19, mostraron su disposición de adelantar una recuperación económica acorde con estipulado en el Pacto Verde Europeo (European Green Deal), que señala una hoja de ruta para dotar a la Unión Europea de una economía sostenible, la cual exige una serie de transformaciones de los retos climáticos y medioambientales, en oportunidades en todos los ámbitos. 

Dentro de las propuestas promovidas se encuentran reforzar la economía circular, recuperar la diversidad biológica, invertir en investigación e innovación, al igual que en movilidad sostenible, energías renovables y rehabilitación de edificios. 

Este artículo es un resumen de la noticia original publicada por Semana Sostenible: Europa le apuesta a salir de la pandemia para emprender una economía amigable con el ambiente.

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