En búsqueda del turismo inclusivo: una experiencia personal

A veces nos imaginamos que el turismo inclusivo requiere de grandes inversiones, pero seguramente el cambio más importante está en la mentalidad. Después de viajar por Europa con mi padre en silla de ruedas, me di cuenta de que hay ciertas facilidades que permiten pensar que los viajes inclusivos son posibles, hay demanda para este tipo de viajes y es cuestión de que haya más formación del tema. Cuando hay desconocimiento ponemos barreras.

Un viaje en familia

Vivimos en Colombia, y en 2018, mi papá con 84 años decidió que quería conocer Europa. Para esos años su capacidad de caminar ya se veía disminuida y tenía problemas de circulación. No tenía una enfermedad diagnosticada, simplemente no podía caminar más de 50 metros sin que tuviera que descansar un largo rato; por lo que para mí era una locura que quisiera hacer ese viaje. En ese entonces yo trabajaba como coordinadora de calidad en una agencia de viajes, por lo que le pedí a un compañero de ventas que me averiguara viajes para adultos mayores. Desafortunadamente la agencia no trabajaba con ningún operador especializado en el tema. El turismo inclusivo era poco conocido y no lo veían como un nicho de mercado importante.

Mi papá no le importó y siguió insistiendo. Yo quería que mi compañero lo desanimara de viajar mostrándole las desventajas de viajar, por lo que nos reunimos los tres. Para sorpresa mía, mi compañero hizo todo lo contrario, vio a mi padre con tantas ganas de ir y vitalidad, que le terminó vendiendo el viaje. Yo tenía miedo de que algo le pudiera pasar, pero analizando la situación no habría un momento futuro donde él estaría mejor para viajar, y lo importante es que él se sintiera capaz. Así que en la familia terminamos acordando que se tenía que dejar llevar en silla de ruedas. Mi mamá lo iba a acompañar, pero ella no podía llevarlo, por lo que terminé viajando con ellos. 

¿Cómo nos fue viajando con la silla de ruedas?

Realmente quede gratamente sorprendida de lo que me imaginaba iba a ser el viaje con la silla de ruedas y lo que realmente fue. Internamente en Europa fue mucho más fácil desplazarse en bus, al no tener que estar entrando en estaciones de tren o aeropuertos, y lo que significa estar cargando las maletas. En los lugares que visitamos de Francia, Alemania y España, como era una mezcla de tours guiados y tiempo libre, supimos aprovechar al máximo el tiempo, conociendo los lugares más accesibles. Muchas ciudades de Europa son muy amigables con las personas en condición de discapacidad. Es importante ver que los espacios pensados para todos son buenos tanto para el local como para el visitante.

Sin embargo, desde mi experiencia, no recomiendo visitar Italia con silla de ruedas. Al tener ciudades muy viejas, los lugares turísticos están empedrados, por lo que la movilidad en silla de ruedas es difícil. No puedo olvidar como en Florencia el recorrido guiado se convirtió en una tortura. Por más que intentaba que no nos quedáramos atrás, no podía andar muy rápido. Llegábamos cuando la guía ya había terminado su explicación y continuaba el recorrido. Y mi papá quería una foto, pero por su orgullo no podía estar en silla de ruedas. Entonces una foto tardaba unos minutos mientras lo ayudaba a pararse, le tomaba la foto, y lo ayudaba a sentarse nuevamente.

De Florencia quedaron pocas fotos. Realmente fue una lástima que la guía no pudiera tomarse 5 minutos más, se limitaba a mirar para atrás y ver que no nos perdiéramos en medio de la multitud. Ella tenía que ir a hacer otro recorrido y no podía retrasarse. El argumento de ir tan rápido era que después íbamos a tener 2 horas para recorrido autónomo, pero después de eso yo ya no tenía fuerzas para empujar más la silla.

Florencia es una ciudad museo que vale la pena recorrer con calma. Unos minutos más en el tiempo de la guía podrían haber cambiado la experiencia en el lugar. Quizás no era la intención de la guía, pero el modelo turístico que se venía usando en destinos “exitosos” era lograr atender más turistas sin importarle la calidad de la experiencia en el lugar. Nos deberían importar más las personas y lograr tener empatía por el otro. 

Mi papá feliz en Pisa

En París nos encontramos con una señora en silla de ruedas que también viajaba con su hija, a diferencia de mi padre ella no podía caminar nada. Un chico fuerte que iba en el grupo la ayudaba a subir y bajar del bus. Realmente con mi papá no era tan complicado, porque él caminaba con el bastón. Después, hablando con el guía acompañante de su labor, él se refirió al caso y me comentó que debía viajar con alguien que la pudiera cargar, porque no podía asumir que el guía, el conductor o alguien la iban a cargar.

Me alegra que la señora haya viajado, porque siempre encontró ayuda y siempre tenía una sonrisa. Deberíamos sentirnos afortunados y estar dispuestos a ayudar más seguido al otro. A veces me angustiaba ir lento porque no quería incomodar a las demás personas del grupo, finalmente creo que la mayoría comprendía que no podía ir tan rápido. 

Mi aprendizaje

Personalmente, fue un viaje que me generó grandes aprendizajes, ver a mi padre es entender que las limitaciones están en la mente. También me permitió ponerme en el lugar de los cuidadores y de lo poco amigable que pueden ser los espacios, las ciudades, otra gente, con personas que también quieren viajar, pero de alguna manera se encuentran limitadas. O, al contrario, lo bien que se siente cuando uno visita espacios pensados para todas las personas. Creo que el turismo inclusivo cada vez más puede ser una realidad y que diferentes destinos pueden avanzar para ser lugares para todos.

Se ha avanzado en temas de inclusión, tener una fila preferencial facilita mucho la experiencia. Mi papá disfrutaba de cosas sencillas como el hecho de poder saltarse la fila, se sentía especial. En todas las atracciones turísticas estaban pendientes de que pudiera pasar fácilmente, incluso tenía un precio preferencial, por lo que tenía sus ventajas. Siento que el turismo inclusivo no se ha desarrollado más por miedos como el mío, yo veía más las dificultades de lo que realmente podría disfrutar mi papá. Realmente valió la pena viajar y verlo feliz. 

Por un turismo inclusivo al alcance de todos

Es importante que las personas que trabajamos en turismo comprendamos las necesidades del otro. Elementos simples como a la hora de asignar una habitación a un señor de más de 80 años, no asignarle la habitación más lejana en un hotel grande que parece un laberinto (nos pasó en Italia). Quizás podemos pensar en establecer protocolos sencillos para saber qué hacer para facilitar la estadía o el viaje de personas que podrían requerir una atención especial.

La pandemia que vivimos nos ha servido para que nos replanteemos que podemos mejorar después de que la crisis sanitaria pase. Podríamos reconsiderar mejorar el turismo para todos, incluso para personas con limitaciones. Se debe trabajar en tener espacios más adaptados para todas las personas y un personal mejor capacitado con empatía para mejorar las experiencias. Seguramente muchas personas no viajan porque consideran que sus impedimentos serán un obstáculo, pero si hacemos espacios más accesibles, también podrá ser un mercado con potencial. 

Existen instituciones, como el Instituto Europeo de Turismo Inclusivo, que ofrecen cursos específicos para personas que les interese conocer más de cómo pueden adaptar sus espacios y capacitar al personal. Por lo que si quieres aprender más del tema, te recomendamos consultar el siguiente Instituto Europeo de Turismo Inclusivo o nuestra sección Aprende más.

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