Regreso a las raíces: el pueblo de Guatemala sin plástico desechable

¿Crees que vivir sin plástico es posible? Antes de la pandemia, el plástico y la gestión de residuos ya era un asunto preocupante y alarmante a escala planetaria. Tras varios meses conviviendo con un virus invisible, parece que el plástico de uso único regresa con más fuerza para invadir nuestros océanos, espacios naturales y… pueblos.

Pero vivir sin plástico es posible y ejemplo de ello es la historia de San Pedro La Laguna, en el Lago Atitlán, Guatemala. Gracias a un presstrip organizado por Travolution y el Instituto Guatemalteco de Turismo (INGUAT) con motivo del I Encuentro Centroamericano de Turismo Comunitario, tuve la fortuna de escuchar esta historia en primera persona a través de Víctor González, Director de Planificación en 2018.

La historia del pueblo sin plástico

En 2015, el Lago Atitlán se estaba convirtiendo en un vertedero. Residuos generados por las poblaciones colindantes vertían al lago debido a una gestión ineficiente que estaba pasando factura tras años de inacción. Fue entonces que la AMSCLAE (Autoridad del Manejo Sustentable de la Cuenca de Lago Atitlán y su Entorno), financió en San Pedro la Laguna una planta de tratamiento de desechos sólidos con un relleno sanitario con capacidad para 10 años.

En febrero 2016 se inauguró la ansiada planta de tratamiento, pero en tan solo seis meses el relleno sanitario ya estaba llegando a la mitad de su capacidad debido a dos compuestos principales: el plástico de uso único y el duroport (poliestireno). “Fue entonces que nos dimos cuenta de que el pueblo vivía en el plástico” admite Víctor.

Tras esta situación, el alcalde de la legislatura tenía claro que sus hijos y sus nietos siguieran viendo un lago, y no un pantano. Entonces se propuso ser el impulsor de un cambio de comportamiento a través de un acuerdo municipal que prohibiera el uso de pajitas, bolsas de plástico y duroport. Un aspecto clave para normalizar una vida sin plástico desechable fue hacer al propio pueblo garante de esta ley. De esta manera, no dependería de legislaturas políticas.

“Mucha gente criticó al alcalde”, comenta Víctor. “Reclamaban las razones de su interés por las bolsas plásticas en lugar de enfocarse en hacer proyectos grandes”. A lo que añade “pero a nosotros nos da mucha satisfacción que poco a poco vayamos cambiando hábitos. Por ejemplo, antes se vendía agua pura en bolsas que la gente compraba, bebía y tiraba al suelo, ahora se vende en vasos de plástico duro donde uno bebe y lo devuelve para lavar”.

Este cambio es evidente, pues en nuestra visita por el pueblo, son muchas las mujeres que vemos con sus cestas de canasta, comprando productos en hoja de plátano, jugos con vaso y pajita de papel y el pan en unas bonitas servilletas de tela.

¿Cómo se normalizó el cambio de comportamiento?

Tras un análisis inicial de las causas que originaban el abuso de plástico de uso único, se identificó un segmento de la población que era clave para iniciar un cambio de valores: las mujeres. Entonces, el consejo de gobierno se dividió en 14 grupos para ir de casa en casa explicando la nueva ley y capacitando a más de tres mil mujeres ofreciéndoles canastas con agarraderas de palma, servilletas de tela tejidas por artesanos y portaviandas para ir al mercado.

Hoja de plátano para las comidas corridas y productos del mercado.

Posteriormente, los esfuerzos se dirigieron a los vendedores del mercado, a quiénes también se les capacitó para esta nueva etapa y se les intercambió las bolsas y otros elementos desechables por las alternativas propuestas. Principalmente la hoja de plátano que se utilizaba años atrás cobró vida nuevamente para envolver productos como el queso, los tamales, carnes y otros preparados. Con el plástico que se recogió tras realizar este cambio, se crearon pacas en Cementos Progreso.

“Nunca nos imaginamos a raíz de este acuerdo municipal íbamos traspasar fronteras,” sentencia Víctor. A lo que añade: “nuestro objetivo era cuidar nuestro entorno y el Lago Atitlán, pero cada vez más hay municipios que vienen a aprender sobre cómo lo hicimos porque tienen el mismo problema en su entorno”.

San Pedro La Laguna ha marcado un antes y un después tanto en Guatemala como en muchos otros países del mundo, mostrando la importancia de la gobernanza y la sociedad civil para generar cambios colectivos, allí donde muchos piensan que no podría ser posible.The

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Más mascarillas en el mar que en la boca: la pandemia que viene

Es sólo una colilla por el alcantarillado, la toallita del bebé por el retrete, una bolsa de plástico olvidada a la orilla del mar, un preservativo usado con prisas detrás de unos arbustos y ahora, más que nunca, una mascarilla en medio de un descampado donde juegan los niños. Son estampas conocidas y por conocer que tienen un denominador común: la sensación de impunidad del acto incívico como si el planeta no fuera finito. 

El lobby del plástico vive en plena fiesta mayor con un crecimiento exponencial en su producción mundial gracias al boom de millones de mascarillas de un solo uso para evitar la propagación del coronavirus.

Para que nos hagamos una idea, sólo Italia estima que necesitará 90 millones de máscaras durante un mes .Y eso sólo es el principio. Tarde o temprano, tanta mascarilla tenía que aparecer por algún lado. Así lo testifica Oceans Asia en su visita a las islas Soko, cerca de Hong Kong. Las mareas y las corrientes marinas trajeron consigo miles de mascarillas usadas, dejando un panorama desolador. “Cuando de repente tienes una población de 7 millones de personas con una o dos máscaras al día, la cantidad de basura generada será considerable”, dicen los activistas. Aunque no hay que ir tan lejos para encontrar la misma tragedia medioambiental. “El litoral cántabro amenazado por el abandono de mascarillas y guantes en sus costas”, titulaba El Diario Cantabria hace tan solo unos días.

Desde Vivir sin plástico no creen que haya que lanzar un mensaje diferente para desechar correctamente las mascarillas desechables que para desechar correctamente cualquier otro residuo. “Puede ayudar a concienciar desde el punto de vista sanitario, pero los que ahora tiran mascarillas al suelo o por el váter son las mismas personas que antes de la pandemia tiraban toallitas por el retrete o colillas al suelo. Ahora hay más basura porque se usan más desechables, no porque haya habido un cambio en nuestra percepción sobre la basura que generamos. Por eso pensamos que el mensaje debería ser el mismo: hazte responsable de los residuos que generas, son tuyos, no del ayuntamiento ni de las personas de la limpieza”.

Este artículo es un resumen de la noticia original publicada por Traveler: Más mascarillas en el mar que en la boca: la pandemia que viene.

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