Quizás nunca hayas oído hablar de San Juan Raya, la verdad que yo tampoco hasta hace unas semanas. San Juan Raya es un municipio que justamente se encuentra en la ‘raya’ entre el estado de Oaxaca y Puebla (México) donde tan sólo residen 75 familias. Este lugar forma parte de la Reserva de la Biosfera de Tehuacán Cuicatlán y cuenta con un recurso turístico único en el mundo: huellas de dinosaurio de la era mesozoica y fósiles marinos. Además, y por si fuera poco, los visitantes pueden ser testigo de las diferentes capas de la tierra desde tiempos remotos que se encuentran expuestas en la cuenca de un antiguo delta de sedimentos. Interesante, ¿verdad? Pues espera que te cuente de qué forma está gestionada la actividad turística de estos recursos..

Hace 20 años muchos de los habitantes de San Juan Raya se dedicaban al campo, a la compra-venta ilegal de fósiles y a enseñar a personas venidas de todo el mundo los núcleos donde se encontraban estas maravillas, para que éstos se los llevaran a sus países. Pero hace 20 años la zona fue calificada como Reserva de la Biosfera, lo que inicialmente vino acompañado de una serie de problemas económicos puesto que las familias tuvieron prohibida toda actividad relacionada con la extracción y modificación de recursos naturales de su lugar de origen. Según me cuenta Doña Vicky, nuestra anfitriona en las cabañas donde nos alojamos, la tensión crecía entre vecinos hasta que ‘a alguien’ se le ocurrió la idea de crear un producto turístico. Al poco tiempo y con ayuda de la Universidad Autónoma de México se crearon una serie de rutas tematizadas y una infraestructura turística básica, mientras que se propagaba un sentimiento de unidad comunitaria y de orgullo por el propio recurso del que ahora sus habitantes se habían convertido en guardianes leales.

Ahora todas las familias de la comunidad de San Juan Raya se benefician de la actividad turística, ya sea de una forma directa o indirecta. Un consejo de turismo comunitario gestiona todas las actividades turísticas donde un gran porcentaje del costo pagado por el visitante es reinvertido en la comunidad; tanto en la conservación y preservación de las rutas, el museo o la oficina de información donde se venden artesanías, como de otras infraestructuras derivadas de las necesidades del pueblo. Esta gestión y administración del turismo ha conseguido que los guías (ya que el guía local está incluido en el costo de la actividad) estén contentos de explicarte y mostrarte la historia de sus recursos, que los vendedores de artesanía estén felices de que te lleves algo hecho por ellos y de que los anfitriones de alojamiento les de gusto que los visites. Las relaciones son sinceras, nadie se siente presionado por actuar o por comprar, el contacto con la autenticidad fluye y la experiencia turística entre los actores se maximiza.

Todo apuntaba a que estaba siendo testigo del escenario perfecto de turismo comunitario sostenible, así que me aventé a preguntar a Don Félix (nuestro guía en la caminata nocturna astrológica) si estaban contentos con la cantidad de turismo que recibían, a lo que me respondió: “bueno nos gustaría que nos visitaran más personas para poder enseñarles todo esto pues nos da mucho gusto, pero tampoco muchas muchas más ya que entendemos que eso puede llegar a dañar lo que les hace venir a vernos”. Creo que esta consciencia por parte de la comunidad que sustenta la actividad turística es la clave del desarrollo sostenible, y de los beneficios de otorgar al pueblo el derecho a gestionar tanto la actividad como el beneficio económico que aporta el turismo en áreas rurales.

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