Turismo regenerativo como nuevo paradigma: Entrevista con Sonia Teruel

Sonia Teruel
Sonia Teruel

Sonia Teruel es Gerente de Desarrollo de Negocio en la operadora turística de viajes responsables Totonal Viajes de México. Posee una Maestría en gestión de turismo sostenible de la Universidad para la Cooperación Internacional de Costa Rica, donde investigó y se especializó en Turismo Regenerativo. En esta entrevista nos comparte más sobre este paradigma y su importancia en el contexto actual.

Laura Gasparini: Hoy en día escuchamos cada vez con más frecuencia hablar de regeneración, pero no siempre la palabra es usada a conciencia y cada uno parece interpretarla a su manera. ¿Puedes contarnos de qué se trata el desarrollo regenerativo?  

Sonia Teruel: En primer lugar, es importante destacar que no es un concepto nuevo, sino que ya en los años 30’ se hablaba de pensamiento sistémico y las interrelaciones entre sistemas vivos. Más recientemente, en años 90’, el arquitecto paisajista John Tillman Lyle lo aplicó al diseño de ciudades y paisajes enteros. En el año 95’, la organización estadounidense Regenesis Group, propuso el término de desarrollo regenerativo como una aproximación que trata de resaltar la habilidad de seres vivos para co-evolucionar, de forma que nuestro planeta continúe expresando su potencial de diversidad, complejidad y creatividad.

Para que se entienda mejor, entre sus principios, destacan:

  • Lo que llamamos las tres relaciones: la relación del hombre consigo mismo, con el otro y con la tierra. Desarrollar estas tres relaciones es primordial.
  • La co-evolución del hombre con la tierra: la comprensión profunda de que el humano es parte integral de la naturaleza y somos aliados de otros sistemas vivos.
  • El “sense of place” o sentido de pertenencia al lugar: La regeneración busca redescubrir el lugar prestándole atención a sus particularidades y diversificación. En un paisaje cultural co-creado entre las personas y su ambiente, se crea una unión muy especial entre un grupo cultural y su lugar.
  • Convertir sociedad en comunidad: En nuestra sociedad, hemos perdido nuestra conexión con los bioritmos de la naturaleza y debemos crear un sentido de propósito en nuestro lugar que sea significativo para todos. Esto es algo que estamos viviendo ahora con la crisis del COVID-19. Es muy importante crear comunidad para generar soluciones y adquirir un compromiso que se sostenga en el tiempo.
  • El “wholeness thinking” o pensamiento sistémico: Es una visión integradora que nos hace entender cómo los sistemas naturales interactúan y se relacionan tanto con los humanos como con los sistemas construidos por nosotros. No existe ninguna entidad aislada; todo está conectado con otros sistemas que la soportan e interactúan con ella.
  • El co-diseño e involucramiento de stakeholders: donde los locales deben participar activamente y se debe hacer una alineación entre la historia del lugar, el propósito profundo y aspiraciones de los residentes y el propósito profundo del proyecto.

LG: ¿Podría decirse que la regeneración es la nueva sostenibilidad?

ST: Yo diría que la regeneración va más allá de la sostenibilidad. La regeneración abraza a la sostenibilidad y la mejora con un enfoque integrado y una visión más holística del mundo. Así es que lleva a la sostenibilidad a un nuevo entendimiento y la adopta desde una aproximación distinta.

La sostenibilidad aborda los problemas generalizados y planetarios, limitando la intensidad del daño causado, pero trata de resolver esos problemas desde la misma visión mecanicista y por tanto limitada. La regeneración en cambio, se practica creando alianzas y mejorando el sistema socio-ecológico que es particular de cada lugar. En lugar de enfocarse en sistemas técnicos y económicos, se enfoca en recursos primarios y aspectos de la vida que producen tecnologías y resguardo.

La regeneración desarrolla el sentido de identidad de la comunidad, versus pedir a la comunidad que se adapte al enfoque escogido, práctica común en la sostenibilidad. Mientras que la sostenibilidad minimiza el impacto a los sistemas vivos de soporte, la regeneración construye la capacidad de estos sistemas de soporte necesarios para el crecimiento futuro.

Algo más a destacar es que en la sostenibilidad, no cesamos de ver al hombre sobre la naturaleza, que se crea y desarrolla desde un punto de vista occidental de construcción de cosas y de competición. La regeneración, sin embargo, se enfoca en construir capacidades, compartir, y co-evolucionar con la naturaleza. Aquí no solo se mantiene, sino que se mejora el bienestar de la sociedad.

LG: ¿Cómo se aplican entonces estos conceptos y principios al turismo regenerativo?

ST: El turismo regenerativo tiene un enfoque sistémico y busca facilitar un encuentro profundo y transformativo, donde se dan las tres relaciones (el hombre consigo mismo, con el otro y con la naturaleza) y se alinea tanto al local como al visitante, a los ritmos propios de la naturaleza.

El hombre debe contribuir a la mejora de la capacidad de los sistemas socio-ambientales que sostienen la vida del destino. Los sistemas no se tratan de forma separada, sino que se entienden sus conexiones y procesos y el lugar siempre debe diseñarse de acuerdo con los flujos de la naturaleza.

Otro punto a destacar es que, en el turismo regenerativo, además de los aspectos ambientales, económicos y socio-culturales, se introducen también los aspectos políticos y espirituales del destino y es imperativo que se integre a todos los actores en su diseño para co-crear el propósito del destino (en armonía con el de sus habitantes), la co-evolución con la naturaleza y el pensamiento sistémico. Esto hará que se construya la capacidad de los sistemas (sociales y ambientales) y se tenga un crecimiento saludable a largo plazo.   

Es importante destacar que es un entendimiento evolutivo y dinámico y que se basa en el co-diseño, la colaboración y la inteligencia colectiva.

LG: ¿Cómo podemos diseñar una experiencia turística regenerativa? ¿Puedes darnos algún ejemplo concreto?

ST: Para empezar, una experiencia debe co-diseñarse con la comunidad anfitriona; debe estar en total armonía con su propósito profundo y su sentir del lugar. Se trabaja la identidad, las relaciones, los procesos y recursos (niveles de sistemas y organizaciones vivas), donde se reflexiona sobre el pensar, sentir y hacer. No puede haber uno sin el otro y éstos constantemente se retroalimentan.

En una experiencia regenerativa debe ralentizarse el ritmo del visitante y generar espacios donde se den las tres relaciones de las que hablaba antes: el viajero consigo mismo, con el otro (el anfitrión y quizá otros viajeros) y la tierra. Se debe de facilitar de forma que la persona se sepa naturaleza y se reconecte. Se crearán los llamados momentos de verdad, que quedarán en la memoria del visitante.

Por último, se debe generar una experiencia transformativa, donde se provoque a los visitantes a observar la naturaleza y comprender su unicidad, se les motive a convivir con la naturaleza y se les anime a que se conviertan en agentes regenerativos de sus propios sistemas socio-ambientales en casa. Estas vivencias, si están bien construidas y facilitadas, pueden generar una reflexión profunda en el visitante.

Una experiencia, por ejemplo, podría ser generar un lugar del silencio, donde el visitante deberá observar un árbol, planta o lo que nos encontremos y además de estudiar su aspecto y su movimiento, se fijará en la relación que tiene con otros seres vivos y como entre ellos se interrelacionan. También se puede dar en el interior de una cueva, en un momento de meditación y agradecimiento; en un encuentro con una comunidad indígena donde no se hable el mismo idioma, pero consigan comunicarse entre sí de una forma sencilla y divertida. Cada experiencia debe hacerse desde un profundo respeto y apertura para aprender todo lo que tenga que enseñarnos.

LG: En tu opinión, ¿la crisis actual producto de la pandemia puede ser una oportunidad para el turismo de empezar de cero, tomando en cuenta el paradigma de la regeneración?

ST: Absolutamente. El hecho de que la mirada del turismo regenerativo esté en boca de tanta gente ahora, en comparación a dos años atrás donde había tan poco escrito al respecto, ya es un indicativo importante. Estamos viendo cómo la naturaleza se está regenerando increíblemente ahora que estamos en casa. ¿Eso quiere decir que ya no debemos estar en contacto con la naturaleza? No, eso significa que debemos convivir con ella con mucho respeto y aprovechar esa relación mutuamente beneficiosa.

Sería maravilloso que saliéramos de casa después de haber tenido tiempo para pensar, para reflexionar sobre nuestra vida y nuestras elecciones poco sostenibles, motivados para cambiar las cosas y para hacerlo mejor. Para reencontrarnos con la naturaleza y con el otro con cariño y respeto y con total apertura para resignificar nuestros viajes.Este es un extracto de la entrevista original publicada en Echoes of the Journey (en español e inglés): Turismo regenerativo como nuevo paradigma:  Entrevista Sonia Teruel

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Cambio cultural: necesitamos redirigir el camino de la humanidad hacia un futuro floreciente

Un impuesto sobre el carbono, grandes inversiones en energía renovable, un salario mínimo coherente y asistencia sanitaria de libre acceso. ¿Qué tienen en común todos estos conceptos? Que son necesarios. Pero incluso tomados juntos, son totalmente insuficientes para redirigir a la humanidad lejos de una catástrofe inminente y hacia un futuro verdaderamente floreciente.

Esto se debe a que los problemas que estos conceptos están diseñados para resolver, por más críticos que sean, son síntomas de un problema aún más profundo: los valores implícitos de un sistema económico y político global que conduce a la civilización hacia un precipicio.

Incluso con las mejores intenciones, los que trabajan activamente para reformar el sistema actual son un poco como ingenieros de software que tratan valientemente de reparar múltiples errores en un programa defectuoso: cada solución complica el código, lo que inevitablemente lleva a un nuevo conjunto de errores que requieren incluso soluciones más heroicas. En última instancia, queda claro que el problema no es solo el software: se necesita un sistema operativo completamente nuevo para llegar a donde necesitamos ir.

Me di cuenta de esto gradualmente a lo largo de los años que pasé investigando para mi libro,  The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning. Mi investigación comenzó como una búsqueda personal de significado. Había pasado por una crisis personal cuando las certezas sobre las que había construido mi vida temprana se derrumbaron a mi alrededor. Quería que mi vida en el futuro fuera realmente significativa, pero ¿en base a qué base? Estaba decidido a ordenar las narraciones de significado recibidas hasta encontrar una base en la que realmente podía creer.

Mi impulso para responder estas preguntas me llevó a explorar los patrones de significado construidas por diferentes culturas a lo largo de la historia. Al igual que pelar una cebolla, me di cuenta de que una capa de significado cubría con frecuencia capas más profundas que estructuran los pensamientos y valores diarios que la mayoría de la gente da por sentados. Fue un viaje de casi diez años, durante el cual me dediqué a la investigación profunda en disciplinas como la neurociencia, la historia y la antropología.

Finalmente, descubrí que lo que hace que los humanos sean únicos es que nosotros, en mayor medida que cualquier otra especie, tenemos lo que yo llamo un “instinto de modelado”: nos sentimos impulsados ​​a dar un patrón de significado a nuestro mundo. Ese impulso es lo que llevó a los humanos a desarrollar el lenguaje, el mito y la cultura. Nos permitió inventar herramientas y desarrollar la ciencia, dándonos enormes beneficios pero también colocándonos en un curso de colisión con el mundo natural.

Cada cultura tiende a construir su cosmovisión sobre una metáfora, la raíz del universo, que a su vez define la relación de las personas con la naturaleza y entre sí, lo que finalmente conduce a un conjunto de valores que dirigen cómo se comporta esa cultura. Son esos valores derivados de la cultura que han dado forma a la historia.

Los primeros cazadores-recolectores, por ejemplo, entendían la naturaleza como un “padre que da a luz”, viéndose a sí mismos como parte de una gran familia extensa, intrínsecamente conectada con los espíritus del mundo natural que los rodeaba. Cuando surgió la agricultura hace unos doce mil años, aparecieron nuevos valores como la propiedad, la jerarquía y la riqueza, llevando a las primeras civilizaciones a ver el universo como dominado por una jerarquía de dioses que requería propiciación mediante la adoración, el ritual y el sacrificio.

A partir de los antiguos griegos, surgió una forma de pensar radicalmente nueva y dualista sobre el universo, concibiendo un cosmos dividido entre un dominio celestial de abstracción eterna y un dominio mundano contaminado con imperfección. Esta división cosmológica fue paralela a la concepción de un ser humano dividido y compuesto de un alma eterna temporalmente encarcelada en un cuerpo físico que está destinado a morir. El cristianismo, la primera cosmología dualista sistemática del mundo, se construyó sobre el modelo griego al colocar la fuente del significado en un Dios externo en los cielos, mientras que el mundo natural se convirtió meramente en un teatro desacralizado para la representación del drama humano.

El cosmos cristiano preparó el escenario para la cosmovisión moderna que surgió en la Europa del siglo XVII con la Revolución Científica. La creencia en la divinidad de la razón, heredada de los antiguos griegos, sirvió de inspiración para los descubrimientos científicos de pioneros como Galileo, Kepler y Newton, quienes creían que estaban vislumbrando “la mente de Dios”.

Pero la cosmovisión que inspiró estos avances tuvo un lado oscuro. La revolución científica se basó en metáforas como “naturaleza como máquina” y “naturaleza conquistadora”, que han moldeado los valores y las conductas de la era moderna. Las implicaciones de un cosmos dualístico heredado de los griegos han definido nuestras creencias recibidas, muchas de las cuales aceptamos implícitamente aunque estén basadas en suposiciones erróneas.

Se nos dice que los humanos son fundamentalmente egoístas -de hecho, incluso nuestros genes son egoístas- y que una sociedad que funciona de manera eficiente es aquella en la que todos persiguen racionalmente su propio interés. Aceptamos soluciones tecnocráticas a los problemas que requieren soluciones sistémicas más integradas, sobre la premisa de que la naturaleza es simplemente una máquina muy complicada, una que está completamente separada de la humanidad.

El continuo crecimiento del Producto Interno Bruto se considera la base del éxito económico y político, aunque el PBI no mide más que la velocidad a la que estamos transformando la naturaleza y las actividades humanas en la economía monetaria, sin importar qué tan beneficioso o perjudicial pueda ser. Y los mercados financieros mundiales se basan en la creencia de que la economía mundial seguirá creciendo indefinidamente, aunque eso sea imposible en un planeta finito. “No hay problema”, nos dicen, ya que la tecnología siempre encontrará una nueva solución.

Estas fallas subyacentes en nuestro sistema operativo global surgen, en última instancia, de una sensación de desconexión. Nuestras mentes y cuerpos, la razón y la emoción se ven como partes divididas dentro de nosotros mismos. Se entiende a los seres humanos como individuos separados unos de otros, y la humanidad como un todo se percibe como algo separado de la naturaleza. En el nivel más profundo, es esta sensación de separación la que conduce inexorablemente a la civilización humana a un desastre potencial.

Sin embargo, el mismo instinto de modelado humano que nos ha llevado a este precipicio también es capaz de llevarnos hacia un camino de florecimiento sostenible. Tenemos la capacidad de construir una cosmovisión alternativa en torno a un sentido de conexión dentro de la red de la vida, un sentido compartido por las culturas indígenas de todo el mundo desde los primeros tiempos.

He visto esta idea menospreciada como una mentalidad de estilo New Agey, kumbaya, incluso por pensadores progresistas. Sin embargo, los descubrimientos científicos modernos validan la conexión subyacente de todos los seres vivos. Los conocimientos de la teoría de la complejidad y la biología de sistemas muestran que las conexiones entre las cosas son a menudo más importantes que las cosas mismas. La vida se entiende ahora como un complejo autorregenerativo y autoorganizado que se extiende como un fractal a una escala cada vez mayor, desde una sola célula hasta el sistema global de vida en la Tierra.

Los seres humanos también se comprenden mejor no por sus impulsos egoístas de poder, sino por la cooperación, la identidad grupal y el sentido del juego limpio. En contraste con los chimpancés, que están obsesionados con competir entre sí, los seres humanos evolucionaron para convertirse en los primates más cooperativos, trabajando en colaboración en tareas complejas y creando comunidades con valores y prácticas compartidas que se convirtieron en la base de la cultura y la civilización. En la opinión de prominentes psicólogos evolucionistas, fue nuestro sentido intrínseco de justicia lo que condujo al éxito evolutivo de nuestra especie y creó la base cognitiva para valores cruciales del mundo moderno como la libertad, la igualdad y el gobierno representativo.

Del mismo modo que los valores de las generaciones anteriores dieron forma a la historia, los valores que elegimos colectivamente para vivir hoy formarán nuestro futuro. Los patrones cognitivos inculcados en nosotros por la cultura dominante son el resultado de una cosmovisión particular que surgió en un momento y lugar específico de la historia humana. Esta visión del mundo ahora ha pasado su fecha de vencimiento. Está causando enormes sufrimientos innecesarios en todo el mundo e impulsando nuestra civilización hacia el colapso.

En lugar de tratar de trascender lo que somos, nuestra tarea más importante es despegar esta visión del mundo recibida, alcanzar dentro de nosotros mismos para sentir nuestras motivaciones más profundas como seres vivos incrustados en la red de la vida, y actuar en consecuencia.

Este artículo fue publicado inicialmente en  Open Democracy bajo una licencia no comercial de Creative Commons.

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