Presentan la proclamación del Código Ético del Turismo en Euskadi

La Consejera del Departamento de Turismo, Consumo, Sonia Pérez Ezquerra ha rubricado en un acto público, desarrollado hoy en San Sebastián, el Código Ético del Turismo de Euskadi. Este documento incorpora un catálogo de acciones y compromisos y tiene como objetivo que todos los agentes turísticos incorporen las responsabilidades sociales y la sostenibilidad medioambiental y económica en su práctica diaria. Para ello incorpora y adapta principios del código ético mundial que desarrolló la Organización Mundial del Turismo, así como los objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas.

En el desarrollo del Código Ético del Turismo de Euskadi se añaden las particularidades vascas y los elementos propios de su cultura. La Consejera ha resaltado que “más que un compromiso, es una llamada a la acción, la incorporación de una filosofía de trabajo transversal con otros sectores como el consumo, la cultura o el comercio. Una acción que nos hará sin duda mejores. Porque como señal la campaña informativa que acompañará a la firma, un turismo mejor conseguirá una sociedad mejor”.

Entre otras medidas, los firmantes del Código Ético del Turismo de Euskadi se comprometen a respetar los derechos de las personas turistas, sus peculiaridades, formas de vida, gustos, expectativas, diversidad de creencias y el Departamento de Turismo, Comercio y Consumo asume la misión de preservar la seguridad de asegurar la protección de las personas que nos vistan y sus bienes. Las personas turistas, asimismo, serán informadas y emplazadas para que respeten nuestras leyes, nuestra cultura y nuestros hábitos y usos sociales.

Los agentes turísticos asumen con la firma de este código una importante tarea de fomento del respeto y la preservación de la cultura y la tradición local y los elementos de patrimonio cultural que irá unida a incentivos para que las comunidades locales se asocien con las actividades turísticas y reciban los beneficios económicos, sociales y culturales de las mismas, en especial el empleo.

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Costa Rica, mucho más que un país verde

Visitantes de todo el mundo arriban asiduamente a este país Centroamericano para conocer sus maravillas naturales. No obstante, no muchos llegan inspirados por su pasado y presente cultural. Costa Rica también tiene historias, costumbres, valores y pueblos originarios que están siendo marginados por el sistema actual.

Si bien en gran parte es el visitante el que decide qué conocer en cada destino, también es la promoción turística del país la que decide qué acercarle y qué patrimonio o experiencias mostrarle. En el caso de Costa Rica, parece ser que la obsesión por venderse como país ecológico está desvalorizando su historia, sus comidas típicas, sus bailes tradicionales y la forma de vida de sus habitantes que son, al final, quienes construyen una nación.

En varios sitios del país se están reproduciendo los complejos all inclusive y en muchos de ellos se le recomienda al turista no salir del hotel porque es muy peligroso. Tal vez en algunos lugares lo sea, pero en otros doy fe que no. Este tipo de recomendaciones para que el visitante gaste su capital dentro del hotel y no afuera, está matando el potencial que tiene el turismo para fomentar el entendimiento entre diferentes culturas y el desarrollo de comunidades locales. El extranjero comparte pocas (o ninguna) experiencias con residentes locales y no realiza ningún aporte económico a los pequeños emprendedores locales. Así, terminan tapando los valiosísimos valores culturales de un país con tanto potencial cultural casi escondido.

Costa Rica es sinónimo de áreas protegidas, playas, palmeras, bosques y volcanes. La estrategia de marketing del país ecológico y pacífico está muy bien. Sin dudas Costa Rica lo es. Pero también Costa Rica es Pabrú Présbere, Cabécares, Bribris, Chorotegas, Borucas, Teribes, Juanito Mora, gallo pinto, tamales, casados, tortillas de maíz, natilla, patacones, banano, café, cacao, frijoles, fresco de cas, aceite de coco en el Caribe, la romería, la mascarada, Maes, pura vida y mucho más.

Ni el Estado, ni turistas, ni agencias de viajes, ni los mismos costarricenses deben olvidarse de las ruinas de Cartago, de los edificios más antiguos de San José, de sus platos típicos, de la forma en que tejen la hoja de Suita en Talamanca y de la forma de ser de los propios ticos. Al final, lo más lindo del país no saldrá jamás en ningún folleto turístico, ni tampoco habrá tour operadora alguna que lo pueda vender, sino que aquel visitante consciente y responsable lo podrá hallar en lo más profundo de su gente.

Hablamos de un país con hermosos bosques, lindas playas y muchos otros atractivos naturales, pero por sobre todas las cosas, donde vive gente que tiene sus principios, su historia, su forma de hablar y su propio estilo de vida. Es una pena que a veces quienes visiten este país solo se lleven la foto con el fondo verde.

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¿Es la autenticidad en las experiencias turísticas aprovechada cuando es (finalmente) encontrada?

Vivimos en una era en la que el turismo se ha vuelto más exigente. Una exigencia caracterizada por la cacería de lugares y culturas auténticas. Para el propósito de este artículo definiremos auténtico como aquello que muestra sus cualidades originarias o ancestrales y que no han sido afectadas por el tiempo o el espacio.

Esta incesante búsqueda lleva asociada una transversalidad que en muchos casos es obviada u olvidada; y es que debido a la globalización, pocos destinos conservan al 100% la autenticidad demandada por el turista y/o por el operador para denominar a la experiencia como tal. Nos enfrentamos por consiguiente a un problema que inconscientemente hemos solucionado de dos maneras: la primera, hemos decidido calificar como experiencias auténticas a experiencias que son semi-auténticas (es decir, donde las culturas y/o lugares aún conservar determinadas características que marcan y delimitan sus orígenes en cierta medida).

La segunda tiene que ver con el sentido opuesto de la mera autenticidad, la llamada “staged autenticity” (o autenticidad escenificada). Aquí, contrariamente a los principios de turismo responsable, personas (que en ocasiones no tienen ninguna relación con la cultura que promueven), se aprovechan de está ‘demanda’ realizando un show que satisface al visitante a la vez que les reporta una ganancia económica significativa. Véase el ejemplo de los gladiadores romanos a las puertas del Coliseo o los shows de estereotipos culturales en los hoteles ‘todo incluido’.

Hay una cosa, sin embargo, que no hemos llegado a comprender todavía en esta búsqueda; y es que de poco importa cuán auténtico sea el lugar que promovemos como tal, que al fin y al cabo la satisfacción del visitante únicamente será complacida si el mismo está dispuesto a entrar de lleno en los confines de la propia cultura. De poco sirve encontrar lugares que puedan satisfacer las ansias de autenticidad si luego llevamos a turistas que no está dispuestos a salir de su zona de confort. Turistas que piensan que nada más por encontrarse en un determinado destino van a ser artífices de las experiencias culturales más genuinas.

Quizás es un problema de comunicación por parte de los operadores que no saben cómo llegar a un viajero que está dispuesto a ir más allá cuando visita un destino; que se preocupa por saber el nombre de sus anfitriones y la historia del lugar donde se hospeda. Un viajero que está dispuesto a gastar algo más que lo que tiene incluido en su paquete para encontrar esa convivencia, esas relaciones naturales con artesanos, con la persona que le sirve un café o con la que ve la vida pasar sentado en su mecedora en la puerta de su casa.

Del mismo modo también puede ser un problema de los propios turistas, que en ocasiones simplemente tienen el ansia de visitar lugares recónditos por el status que les otorgan las fotografías cuando regresan a sus hogares. Este turista en muchas ocasiones ni siquiera se siente a gusto cuando llega a tales destinos, se puede llegar incluso a sentir incómodo fuera de la hojalata de la camioneta y durante su estancia se suele quejar que el lugar no es ‘tan auténtico’ como creía.

Llevamos equivocados todo este tiempo, la autenticidad no la busca el operador y tampoco la busca el turista cuando prepara su viaje. La autenticidad se encuentra en las relaciones que el turista crea con las personas del lugar que visita durante su estancia. Entender esto es clave tanto para poder transmitir las emociones que incitan el viaje, como para poder llegar a una audiencia adecuada: el viajero que sabe entender y valorar es esfuerzo que significa vivir bajo la estela de una cultura auténtica y originaria en pleno siglo XXI.

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Patrimonio accesible: I+D+i para una cultura sin barreras

La composición e importancia dada al patrimonio cultural de un país cambia a lo largo del tiempo y de las circunstancias sociales y económicas. Pero esa importancia siempre evoluciona partiendo de dos principios fundamentales:

  • El patrimonio se ha de preservar
  • El patrimonio se ha de conocer

Estos criterios están relacionados de forma directa: para preservar hay que conocer, valorar. Cuando se restringe la capacidad de visita de un bien cultural por motivos de conservación se desarrollan medios alternativos para su conocimiento, pues se entiende que la población ha de conocer y disfrutar de ese bien, y en la medida en que esto ocurre, además de aumentar su cultura e integración, se aumentan las posibilidades de perduración del bien.

Descárgate la guia completa de Patrimonio accesible: I+D+i para una cultura sin barreras aquí

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