El turismo insostenible es como ir de paseo en coche silbando y atropellando a todo cuanto se te pone por delante

Hace algunas semanas, el secretario general de la Organización Mundial del Turismo, Taleb Rifai decía sobre este Año Internacional del Turismo Sostenible: “El turismo y su crecimiento no son enemigos. El reto está en crear nuevos productos diferenciados y gestionar el flujo que genera el turismo, pero el crecimiento no se puede parar”.

Cuando un fenómeno crece de forma “imparable” es hora de empezar a preguntarse si sigue siendo el mismo fenómeno. No porque implique un cambio de hábitos en el turista, sino por los efectos e implicaciones de la propia industria, si cambia de dimensión. Los efectos culturales y territoriales del turismo hoy ya no son ni parecidos a los de hace 30 años, ni las circunstancias del mundo lo son. Hablar aún de industria del ocio o de sector servicios puede sonar hasta cínico. El movimiento que genera hoy el turismo es como el de una plaga organizada y sistemática con repercusión a todos los niveles (arquitectónico, sociológico, paisajístico, cultural). En un contexto de crisis que nunca ha sido más vulnerable desde el punto de vista ambiental, esta escalada turística es el perfecto ejemplo del “progreso” que nos han vendido, ciego o regresivo, y más visceral que racional. El turismo tiene ya un hábito patológico de transformación que extralimita el ocio o las vacaciones. El problema es no verlo o no asumirlo.

Si la sobrepoblación mundial no era ya bastante carga para la biosfera, ahora buena parte de esa masa, además de arrasarla in situ se mueve en tropel ajena a la realidad cotidiana por la que pasa. La brecha entre la crisis ecológica, económica o social y el hedonismo con el que se viaja es tan grande como quien va de paseo en coche sin fijarse, silbando y atropellando a cuanto se le pone por delante. Turismo apisonadora. Y por algún lado tiene que reventar. El turismo tal y como está montado es obsoleto, responde a las condiciones de un mundo que ya no existe. El turismo sostenible es la única forma de echar el freno y enderezarlo, adaptando la industria (orquestada por administraciones y corporaciones) a un modelo más eficiente y responsable. La globalización turística va muy delante de la social o política, lo que puede aprovecharse para canalizar “ese flujo” de viajeros y transformación hacia un compromiso con el destino: darle un sentido al viaje, que facilite una acción o misión al viajero y no se limite a una actividad contemplativa o de escaparate, sino a tender puentes reales con beneficio mutuo que transformen las cosas a través del consumo o las actividades

Esto hacen ya algunas agencias especializadas, como AgrotravelMint57 o Blua (ecovoluntariado). Si viajar es una vía de experiencia y conocimiento, ¿por qué no facilitar que los turistas entren en contacto en destino con aquello que personal o profesionalmente (más allá del descanso vacacional) pueda interesarles o aportarles un beneficio a su vida diaria? Ya sea en forma de alojamientos temáticos que optimicen su interacción por afinidades o intereses, de aplicaciones móviles que ofrezcan una visión sostenible del destino (ambiental, social, profesional), o de un diploma que recoja lo que los viajeros han aprendido, colaborado o añadido a su trayectoria vital e incorporen a un CV (Currículum Viajero) digital donde establecimientos, destinos, asociaciones o viajeros sumen valores de cooperación y experiencia. Los destinos serían microuniversidades donde tender esas redes sostenibles (sociales/culturales/ambientales) en persona. Para que los turistas, cuando valoren un lugar, lo hagan etiquetando la contribución positiva que éste ha hecho a sus vidas o ellos han hecho al lugar. Creatividad al poder en un sector obligado a reformarse si prevé seguir creciendo. Sin implosionar.

Este artículo ha sido escrito por Aldán, con el que puedes conectar en LinkedIn o seguir en Twitter

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