Las tres relaciones de la regeneración

Estamos viviendo un momento único y polarizado como humanidad donde habiendo alcanzado una comunidad global e interconectada estamos por fuerza mayor cada uno en distanciamiento físico y aislación. La devaluación y crisis de la economía es evidente y la valoración de la Vida surge con fuerza en la conciencia global. Sumando a esto, la ya conocida crisis ambiental que estamos atravesando, la cual implica importantes desafíos para el desarrollo humano y del planeta.

En el año 1992 el “American Institute of Biological Sciencie” dijeron: “Se requiere un gran cambio en nuestra administración de la Tierra y la vida en ella, si se quiere evitar la gran miseria humana”. El 13 de noviembre del 2017 en su segunda advertencia firmada por más de 15.000 científicos del mundo entero afirman que la pérdida de biodiversidad, degradación de los ecosistemas y la extinción masiva de fauna silvestre son de una gravedad que no tiene antecedentes.

Esta gran contracción que estamos experimentando puede ser una oportunidad para volver a conectar con lo esencial en cuanto a nuestros propósitos personales, nuestro bien común y con la naturaleza que sostiene la vida. Nace una posibilidad para considerar una relocalización radical (radical en el sentido de volver o pertenecer a la raíz) para una regeneración que permita el proceso de cultivar la capacidades y habilidades de las personas, las comunidades y otros sistemas naturales para renovar, adaptarse y prosperar. [Clear cf].

El cultivo de estas capacidades, la salud, la resiliencia y prosperidad común, las buscaremos a través de las tres relaciones de la regeneración, las cuales serán un punto de partida para una renovada y vibrante relación con la naturaleza, los otros y uno mismo. Estas tres relaciones serán el prisma que tomaré para una nueva concepción del tejido eco social.

Después de más de 20 años en el intento de implementar sustentabilidad, de todas las cumbres de desarrollo sustentable y de cambio climático, casi ningún indicador nos muestra avances importantes para los grandes desafíos de emisión de CO2, cambio de uso de suelos, pérdida de biodiversidad y agua dulce, entre otros.

Podemos decir que la sustentabilidad ha fracasado. En gran medida porque las relaciones están fragmentadas y cada elemento está separado del otro, generando en consecuencia un planeta al borde del colapso ecológico, donde el ser humano es movido por sus intereses personales, la sociedad por la competencia y la naturaleza vista como un objeto a explotar.

Las tres relaciones son un puente para transitar el cambio de paradigma, desde la sustentabilidad, que aún está dentro de la mirada mecanicista, hacia la regeneración que invita a una mirada y concepción orgánica, viva y holística en la manera de desarrollarnos. La sustentabilidad plantea tres ámbitos de desarrollo; el ámbito ambiental, económico y social.  Si bien la propuesta de la sustentabilidad ha logrado poner en discusión la temática ambiental y social, estos ámbitos están lejos de encontrar un equilibrio con una economía que basa su lógica en el crecimiento constante e infinito.

Esta transformación se basa en pasar de una mirada sobre los elementos hacia las relaciones. Estas relaciones son invisibles, pero a la vez son las que dan forma a lo visible. Podemos ver como la vibración en el experimento de las placas de Chatney o de como el campo electromagnético de un imán dan forma y un patrón reconocible a las partículas de hierro sobre una placa [Lipton] . O como una cultura, desde su cosmovisión da forma a un territorio a través de su arte y arquitectura, y como nuestros senti-pensamientos ordena nuestra vida material.

Vivimos en un mundo donde todo está relacionado y es interdependiente. Por lo tanto, esta nueva mirada de la regeneración plantea trabajar sobre las cualidades de las relaciones, y más específicamente se enfoca sobre tres relaciones esenciales que nos permiten existir, estas son la relación del ser humano consigo mismo, con los otros y con la naturalezaA través de estas tres relaciones tomamos conciencia, responsabilidad y entendemos nuestro lugar en el mundo, lo que nos permite ser protagonistas de nuestra propia vida.

Comenzaremos por la relación con nosotros mismo, ya que considero que este es el único punto de partida sincero para una real transformación de la sociedad y la naturaleza.

La relación del ser humano consigo mismo

“Un activismo delicado es verdaderamente radical en la medida que sea consciente de si mismo, que comprende que su forma de ver es el cambio que quiere ver”.

Allan Kaplan y Sue Davidoff

Cuando miramos al mundo no vemos el mundo, vemos nuestros conceptos e ideas que tenemos de él. Esta forma de pensar (y por consiguiente de ver) [Kaplan 2015], ha sido en parte impuesta desde nuestro núcleo familiar y por el sistema educativo dentro de la sociedad en la que nos desarrollamos. En las últimas décadas, la cultura de la globalización y su  proceso hegemónico cultural y epistemológico, ha impuesto una mirada economicista y materialista, que nos hace pensar y sentir que tan solo somos nuestro cuerpo, lo que hacemos y lo que tenemos. Pero en esta crisis en la cual muchos nos vemos impedidos a seguir nuestras actividades comunes, nos ha permitido darnos cuenta de que más allá de nuestro hacer existe nuestro “Ser”. El valor sobre nosotros mismo muchas veces esta en una medición de nuestra profesión, la capacidad de generar riqueza y estatus social, alejándonos de una valoración holística o de nuestra totalidad como seres humanos.

En mi experiencia, la práctica de la observación y de la presencia es un puente para volver al mundo y ser participantes conscientes de él. Cuando estamos en nuestro lugar lo sabemos. Es un espacio único para cada uno, nos sentimos expandidos, fuertes, seguros y sostenidos por lo que es realmente nuestro, como lo son nuestros talentos, dones, sueños y valores esenciales. 

Esta travesía evolutiva, es volver a conectar con uno mismo a través de la presencia y poder experimentar la relación con los otros y la naturaleza de una manera más directa y limpia de condicionamientos socioculturales. Esta capacidad de “ver o darnos cuenta” de como nuestros pensamientos y emociones, ante diferentes circunstancias, se experimentan/sienten en nuestro cuerpo y que decisiones tomamos si ante ellas sentimos simpatía o antipatía, una contracción o una expansión, son esencial para una buena vida.

Desde esta atención consciente enraizada en nuestro cuerpo, puede experimentarse la coherencia o incoherencia entre nuestro pensar, sentir y hacer. Donde el sentir es el mediador y puente entre el pensar y el hacer.

Para que esto surja, nuestra atención y conciencia debe estar sobre la relación entre la ética y la estética (esencia y la apariencia). Y como lo visible está impregnado de lo invisible, así como nuestro hacer esta impregnado de nuestro ser.  Y desde aquí preguntarnos si lo que hacemos en el mundo exterior (estética / apariencia), está en coherencia con nuestro mundo interior (ética / esencia).

Cuando conectamos con nosotros mismos tenemos la oportunidad consciente de crear relaciones con un sentido de belleza y de servicio hacia la vida, hacia algo mayor que nuestra individualidad.  Me atrevo a decir que no hay mayor revolución para estos tiempos, que la revolución de la presencia. Esta nos ayudará a reflexionar si queremos seguir de manera automática y dormida nuestras acciones y relaciones, o si nuestro hacer nos llenará de vitalidad, propósito y sentido.

La relación con los otros

Una vida social saludable se alcanza cuando: En el espejo de cada alma humana se refleja toda la comunidad y cuando en la comunidad vive la virtud de cada uno de sus miembros” 

Rudolf Steiner

No podríamos existir sin los otros, inevitablemente pertenecemos al árbol de la vida, donde todos poseemos una madre y un padre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos y así desde nosotros se proyecta la vida hacia las futuras generaciones. Es quizás en esta relación familiar donde nos es más fácil sentirnos unidos a algo mayor que nosotros mismos.

Relocalizarnos, es volver ver nuestra propia naturaleza humana, somos gregarios y en colaboración hemos logrado crecer, cuidarnos y desarrollarnos como especie. Aun así, nuestra sociedad parece haber caído en una mirada individualista y competitiva, donde el otro parece ser, a veces, un enemigo en el camino.

Pero cuando la Vida humana está en peligro puede nacer el potencial de la empatía, la fraternidad y la comunidad. Estos surgen al poner la vida en el centro, y desde este centro las prioridades parecen ordenarse de forma más clara. Estos valores que emergen como potencial serán fundamentales para establecer una nueva mirada de la economía, del intercambio y de las relaciones humanas.

Esta renovada forma de relacionarnos, con la vida en el centro, podría transformar toda forma de hacer sociedad y organizaciones. Sea empresa, emprendimiento, ONG’s, universidades o instituciones públicas, esta transformación será desde una mirada mecanicista y productivista hacia una de organismos vivos que colaboran, cooperan y comparten un proceso coevolutivo para un bien mayor.

Este movimiento relocalizador, desde una sociedad competitiva hacia una comunidad colaborativa, hace surgir nuestro sentido de pertenencia y por lo tanto de cuidado hacia los otros y la naturaleza cercana en que habitamos. Es volver a sentirnos parte de un cuerpo vivo y mayor con el cual podemos colaborar y servir a través de nuestros dones y talentos.

Esto busca la transición de ser sociedad y consumidores, a ser comunidad y habitantes. Comunidad en el sentido de compartir lo común que nos une en cuanto a lo elemental que compartimos de la naturaleza como el aire, las aguas y la tierra. Y ser habitantes y pertenecientes, donde pasamos de ser solamente un actor económico, hacia la participación directa en el potencial creativo de nuestros lugares y como personas.

Las empresas e instituciones que sigan mirando y trabajando como si estas fueran maquinas extractivistas (muerta o carente de vida) y guiadas por el único objetivo de la rentabilidad, estarán atadas a su propio destino en la repetición de patrones mecanicista y carentes de la esencia viva, por lo tanto a su obsolescencia. Por otro lado, comienzan a crecer las organizaciones con propósito, que buscan mejorar al ser humano y/o la naturaleza, dando más de lo que toman, transformándose en organismos vivos para sus territorios, culturas y personas, que se caracteriza por sus liderazgo participativo, la integración de las futuras generaciones en la visión/misión, la flexibilidad, el mutualismo y su capacidad coevolutiva.

La relación con la naturaleza

“Ciertamente debe haber otro camino, uno que no trata a la naturaleza de una manera dividida y en partes, sino que la presenta como activa y viva, partiendo del todo para llegar a las partes”

Goethe

Para superar la mirada sobre la naturaleza como un bien de consumo y poder experimentarla como viva tenemos que volver a relacionarnos con la natualeza. Tener una relación experiencial con ella, vincularnos a través de la contemplación y la observación de las cualidades de la naturaleza, sus patrones relacionales y poder reconocernos como parte y a la vez constituidos por ella. El ejercicio de estar presentes con nosotros mismo, con nuestras capacidades de percepción abiertas, aprendiendo a contemplar y a utilizar nuestro cuerpo como el mejor instrumento que tenemos para descubrir lo vivo, nos permitirá experimentar y aprender sobre la interdependencia, la colaboración y los procesos vivos, cíclicos y orgánicos del cual somos parte.

Espero que nadie olvide que nuestra posibilidad de existir está inevitablemente ligada a la naturaleza, esto queda fácilmente demostrado en cada respiración que hacemos, cada vaso de agua que tomamos y cada alimento que llevamos a nuestras bocas. 

De esta forma la naturaleza o “lugar en la naturaleza”, puede presentarse como algo vivo con quien dialogar y relacionarse. Muchas tradiciones ancestrales, han mantenido una relación viva con la naturaleza, ellos piden permiso o saludan cuando entran a un bosque, a un rio o laguna.

Este sentimiento de respeto y humildad al entrar en ella es fundamental ya que transforma la cualidad de la relación. Si reconozco su presencia, mis actos serán más cuidadosos, amorosos y agraciados. Estar ante ella y preguntarse ¿Qué es lo que la naturaleza de este lugar necesita? o ¿Qué es lo que el lugar está pidiendo de mí? Desde este dialogo pueden surgir impulsos creativos y convertirnos en agentes regenerativos en relación con la naturaleza.

Un paso importante y radical en nuestra forma social y legal de ver a la naturaleza es otorgarle derechos de la misma manera que el ser humano tiene derechos universales. De esta forma incorporar en nuestra legislación a la naturaleza o planeta como un ser vivo.  Reconocerle su derecho a existir, a ser respetada, a la regeneración de su biocapacidad, a la continuación de sus ciclos y procesos vitales. Esta es una nueva relación con la Naturaleza, es reconocerla como una entidad viva e integrarla en nuestra convivencia social.

Este es el próximo paso en cuanto a los derechos universales los cuales han avanzado poco a poco en nuestro sistema político y económico. Esto tendrá implicancias que pueden repensar la relación y forma de habitar los territorios. Pasar de mapas a bio-mapas, de regiones a bio-regiones, y de una economía basada en la linealidad y el extractivismo, a una enraizada en la circularidad y los bio-ritmos de la tierra.

Relocalizarnos para regenerar

Un viaje de mil millas comienza con un primer paso”

Lao.Tse

La regeneración aspira a una transformación que nunca hemos vivido como humanidad, donde el ser humano participa conscientemente como naturaleza en la coevolución de la totalidad del organismo vivo.

“La regeneración es un proceso mediante el cual personas, instituciones y materiales desarrollan la capacidad de cumplir su potencial inherente en un mundo que cambia constantemente a su alrededor. Esto solo puede lograrse volviendo a sus raíces, sus orígenes o sus fundaciones para descubrir qué es verdaderamente singular o esencial acerca de ellos. Llevar adelante este núcleo esencial para expresarlo como nueva capacidad y relevancia es otra manera de describir la actividad de regeneración”. (Sanford, 2017)

Dentro de este gran organismo vivo del cual somos parte, tenemos un rol que cumplir. Somos la última expresión de la tierra en aparecer y veo que con nosotros surge la capacidad o el don de la autoconciencia. Con esto la posibilidad de darnos cuenta de que existimos sostenidos por un tejido visible e invisible de relaciones. Asumir esta condición de ser autoconscientes es el primer paso para esta travesía evolutiva.

Esta relocalización regenerativa, tiene el potencial de fortalecer las redes de alimentación y agricultura local, energías renovables, artes y prácticas culturales, educación autónoma, el cuidado por la salud holística, la restauración y regeneración de los bosques, manglares y ecosistemas marítimos. Todo esto provee una sólida y real posibilidad para una comunidad vibrante, resiliente, colaborativa y creativa, conectada consigo misma, que piensa y sueña su propio destino.

A través de las tres relaciones se expresa la totalidad del sistema vivo, donde paisajes, plantas, animales y humanos crean sinergia para un todo aún más diverso, abundante y bello. Y con esto traer un nuevo orden en las prioridades personales, sociales y sobre los sistemas que sostienen la vida.

¿Cuáles serán las nuevas habilidades y valores que tenemos que aprender y desarrollar para el presente futuro que está emergiendo?

La regeneración comienza desde un lugar íntimo, propio e invisible. Somos los artistas de nuestra propia obra, estamos en construcción y tenemos todos los dones y talentos para este viaje de transformación que recién comienza. ¡Buen viaje!

Este artículo ha sido originariamente publicado en Turismo Regenerativo y reproducido en Travindy con permiso del autor, Martín Araneda. Podéis leer el artículo entero en Las tres relaciones de la regeneración.

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